¡Como pedirle a Dios!

Dennis Meléndez, 1 de abril de 2008

z_perpetuo_socorroSi algo me intrigó en mi niñez, y sobre todo en mi adolescencia, era un dicho que tenía mi mamá: Cuando le pedía un favor a alguien, o le mandaba insistentemente a un chiquillo hacer algo, y no lo hacía, se ponía muy brava y exclamaba, con los dientes apretados: “pedirle un favor a usted es ¡como pedirle a Dios!”.

Aquello me parecía muy contradictorio, porque si alguien le pedía a Dios, era ella. ¿Sería que sospechaba que sus ruegos al cielo eran como arar en el desierto? Porque, siendo chiquillo, ella me ponía a su lado cuando iba a hacer sus oraciones diarias.

La devoción a la virgen del Socorro

No hay duda que la mayor devoción que ella tenía era la virgen del Socorro. No en balde creo que muchos llevamos en nuestro nombre, la terminación “del Socorro”, que tanto me avergonzó en mi niñez.

Frecuentemente me pedía que me hincara a su lado, en el zaguán de la casa, en donde estaba el cuadro de esa virgen. Esa efigie tenía un aspecto extraño: con un niño en brazos, el cual tenía el cuello muy largo y una chancleta a punto de caer y, a cada lado, habían extrañas figuras de ángeles, que cargaban unos instrumentos para mi desconocidos.

Además, en diferentes partes del cuadro, había unas letras, para mí desconocidas. Porque aunque a esas alturas aún no había aprendido a leer, una de mis aficiones era tomar los periódicos y copiar las letras en grande, para formar, según yo, palabras, que nadie, al final, entendía. Sentí que al cuadro le faltaba colorido, pues era de un lúgubre color verde musgo y la virgen tenía una cara como de enojo. De un momento a otro, mi mamá me sacaba de todas esas elucubraciones y me llamaba al orden, para que me irguiera bien, pues del cansancio y el aburrimiento, ya me había sentado en cuclillas.

Entonces me percataba de sus rezos, y de cómo, cuando pedía sus intenciones, apretaba la voz con rabia, como si de esa manera, sus peticiones pudiesen ser mejor atendidas. Para mis adentros me decía: “¿será que si uno hace así, asusta a los santos y los pone a correr para que le hagan mejor los favores?”. E iba pidiendo, uno por uno, por las causas de don Ramiro y de sus hijos. Y en cada petición que hacía, la acompañaba del cuentito respectivo del porqué lo pedía, y de los antecedentes.

¿Favores concedidos?

Siempre, en primer lugar, rogaba enfáticamente porque se resolvieran “los enredos de Ramiro”. Esa petición me atormentaba mucho, pues yo no tenía ni idea de lo que serían los famosos enredos. Pero eso sí, a lo largo de todo el día, esas palabras me daban vueltas en la cabeza y me producían una sensación de desconsuelo. No se me olvidará, jamás, un día en que no empezó sus rezos con su cajonera petición. Le pregunté extrañado que porqué, que si ya se habían resuelto los “enredos de Ramiro”, y ella me contestó que sí. Aquello me produjo una alegría enorme y ese día, creí firmemente en la oración.

Y el segundo lugar de sus ruegos diarios lo ocupaba Herbert, para que se apartara de esos caminos descarriados y dejara de escuchar “Faro del Caribe”, pues temía, con horror, que se hiciera evangélico y a veces, hasta sospechaba que ya lo era. Y el peor terror que ella sentía era que, se pudiese hacer masón. Creo que eso sí no lo hubiese podido resistir, porque los masones eran los que se robaban las hostias para entregárselas al diablo.

Además, Herbert, que en ese entonces estaba en el Liceo nocturno, ya no quería rezar y era muy grosero para referirse a los curas y a los asuntos de la Iglesia. Cuando Aura, mi hermana, estaba viva, siempre rogaba “porque le restablezca la salú”, y una vez que murió, pedía que la sacaran del Santo Purgatorio. Aquello, por cierto, me sonaba muy extraño, pues yo tenía entendido que el Padre Ángel decía que ella estaba ya en el cielo. Y si lo decía un padre, ¡tenía que ser cierto!

Luego, pedía por sus otros hijos: infaltablemente por Verny, para que se compusiera de sus pulmones. Aquella tos crónica, cargada de flemas, que siempre le acompañaba, no había manera posible que le cediera, ni aún con los remedios de carao, hervido en leche, que Mina, la esposa del tío Rafael, le traía de Parrita. El olor del carao cuando lo ponía a hervir, se me quedó grabado en el bulbo olfativo para siempre. Cuando lo ponían a cocinar, los chiquillos huíamos de la casa, y decíamos que aquello olía a “puras patas de Neny (nombre familiar con que llamábamos a Verny”.

Y finalmente, se volvía hacia mí, y me decía que repitiera con ella unas oraciones, para que la virgen hiciera que yo comiera, y pudiera salir del estado de desnutrición en que vivía. Y doy fe que eso sí fue muy efectivo, aunque no en el tiempo en que ella lo deseaba.

Nunca se animó a cambiar de virgen

Ella estaba absolutamente segura de que, si a alguien había que pedirle, por su efectividad, era a esa virgen. Por ahí, alguna vez le recomendaron los rezos a la virgen de la Caridad del Cobre, y tenía una estampita, que le había regalado “Teresa la de Héctor.”

A mi me gustaba juguetear con la estampita de marras, y la observa con asombro. Era una imagen rara pues, estaba volando por los aires, con un vestido muy ancho, sobre unos tipos descamisados que remaban en un bote. Debajo del vestido, le salía como un humo, y envuelto en él, había varias cabezas de angelitos. Por dicha que en ese entonces aún no conocía los cohetes, sino hubiese pensado que ese era el medio de propulsión que usaba para poder andar por los aires.

No era muy frecuente, pero en algunas ocasiones, en que consideraba que esta otra virgen, supuestamente, podría funcionar mejor que la otra, tomaba la estampita y la colocaba en una esquina del cuadro, como si no quisiera hacerlo a espaldas de la primera. Como era de rigor, tras cada petición, debía rezar, tal como lo anunciaba de previo, un credo o alguna otra oración estereotipada.

Y no hay que olvidar su fe en la virgen de Fátima, especialista en enfermos. Pero a esa, no sé por qué razón, no le rezaba en la casa. Había que ir los días 13 de cada mes, a la iglesia de La Dolorosa, en horas de la tarde, a la misa por los enfermos. Ella siempre llevaba su papelito, en donde anotaba sus peticiones, los cuales depositaba en la canasta que pasaban al propósito antes de la comunión.

Para ella estaba muy claro, que a pesar de que se hablaba de tantas vírgenes, era una sola, solo que con diferentes denominaciones. Y así me lo enseñó, tanto que un día, en la escuela, tuve una discusión con un compañero de clase (Verny Alvarado), porque él me decía que no, que habían “once mil vírgenes” y que todas eran distintas. Finalmente no logré convencerlo y no seguí discutiendo. Solo pensé para mis adentros: “pobre tonto, no sabe que lo que pasa es que hay una sola virgen pero con muchas denominaciones.

A pesar del convencimiento de que la virgen era una sola, doña María se negaba obcecadamente a aceptar que, debería ser lo mismo pedirle a cualquiera de ellas, por ejemplo a la de los Ángeles (a la que siempre vio con recelo), algo que supuestamente era especialidad de la del Socorro o de la Lourdes.

Los niños Jesuses, su segunda devoción

De un momento a otro, cuando acompañaba a mi mamá en su vía crucis de rezos, me pedía que nos moviéramos, al cuarto de ella, en donde tenía un cuadro del Niño Jesús de Praga. Porque a ese Niño había que rezarle para que los mariachis no volvieran a hacer otra revolución como la del 48, y de paso, le pedía por el alma de Ricardo Valverde, el hijo de Aniceto, quien había muerto en la Revolución. Eso me hacía intuir que seguro ese Niño también servía para eso. Por cierto, que cuando me enteré que existía una ciudad que se llamaba Praga, pensé en que de veras tenía razón mi mamá y ese era un Niño importante, tanto que le pusieron su nombre a esa ciudad.

Y por si acaso, también tenía una estampita del Niño de Atocha, que le había regalado uno de los padres capuchinos que alguna vez llegó a Paso Ancho, en una de las por entonces famosas misiones. Ese Niño, cuya efigie se me hacía muy chistosa porque tenía un sombrero raro y una canasta, era muy bueno para prevenir que no nos faltara nunca qué comer, y que nos pudiese llegar pasar lo mismo que a “Lala la de Morales”, quien había sido la esposa del tío Jesús. Cuando mi tío murió, ella y sus hijos quedaron en “la cureña” y tuvieron que pasar muchas necesidades.

Y cuando alguno de nosotros enfermaba, había que pedirle al Dulce Nombre, que con todo y ser una figura inmaterial (un nombre), terminaba siendo también un Niño. Para esas ocasiones, sacaba de una cartera grande de cuero, que guardaba en su ropero, mezcladas con fotos y recetas de cocina, unas cintitas de varios colores, que eran buenísimas para protegerlo a uno de la calentura, y especialmente de que no se le convirtiera en fiebre. Eso sí, la más efectiva de todas era la cinta color morado. No estoy seguro, pero presiento que ella asimilaba el concepto de fiebre a la tifoidea, pues ese era el horror de su vida. Siempre contó la historia de que, cuando ella estaba en sexto grado, le dio una fiebre tifoidea, que la mantuvo inconciente tres meses. Se lamentaba de que no pudo graduarse con el resto de 111sus compañeras.

Me imagino que, de haber vivido en esta época, hubiese estado feliz de poder venir a Colombia y visitar el 20 de julioo, en donde está el Templo Votivo del Divino Niño.

¿Pedirle a Dios?

Y es que había que pedirle al Niño Dios, en sus distintas versiones de acuerdo con los favores buscados, ¡nunca a Dios, el grande, o a Jesucristo! ¡Dios libre! Quienes hablaban de Jesucristo eran los evangélicos, y era mejor morir antes que ser evangélico. ” ¿Sería por eso que mostraba tan poca confianza en “pedirle a Dios”?

Me imagino que esa sería la principal razón por la cual, le pasaba siempre de lejos a la imagen de la Santísima Trinidad que tenía en la cubierta o sobre del tocador , “a mi que me importa” . Y eso que, formalmente, ese no era Dios, sino la Santísima Trinidad. Nunca se detenía a rezar allí, aunque muy frecuentemente le prendía un culito de candela. Luego me enteré que, la susodicha práctica ocurría cuando Menchita tenía un examen en el colegio.

También me enteré que la devoción no era exactamente a la Santísima Trinidad, sino solo a la palomita que estaba en la parte superior de la imagen, o sea, al Espíritu Santo. Y es que Menchita requería de empujones por parte de los seres celestiales, porque, a su decir, le costaba más. En cambio, decía, entre despreocupada y orgullosa, “Leda no necesita nunca de esas ayudas.

De aquella imagen de la Santísima Trinidad, a mi me quedó muy claro que Dios, era el señor barbudo que estaba en la imagen, no el que tenía la cruz. A ninguno de esos dos había que pedirle nada, solo prenderle velitas a la palomita de arriba.

Santos especialistas

De igual manera, en esas sesiones de rezos desfilaban, de vez en cuando, distintos santos. No se me olvida el día en que Ramirito perdió su trabajo donde Feoli. Eso fue en una tarde, y ya en la mañana siguiente, como por arte de birlibirloque, apareció una estampa grande de San Pancracio, a quien le hizo un pequeño altar sobre una mesita pequeña, de patas muy largas, que usaba para poner adornos. Allí le arrimó una velita, y un pequeño florero, en donde le ponía unas pocas rositas, de unas muy pequeñas que había en el jardín delantero de la casa. Y por varios días, se convirtió, ese sitio, en una estación más de la peregrinación de rezos. Porque, para conseguir trabajo, el especialista era San Pancracio.

A ella no le pasaba, cómo era posible que su “Yunitor”, quien se había graduado en contabilidad y teneduría de libros, en la Manuel Aragón, tuviese que terminar trabajando en el Excelsior, la “dry cleanning” familiar, por la que desfilamos como trabajadores fijos o temporales, casi todos los hermanos. Para ella era inconcebible que él, con su preparación, tuviese que dedicarse a “lavar ajeno”. Pero parece que San Pancracio no resultó muy eficiente en su labor, pues Ramiro siguió trabajando en el Excelsior, y así lo hizo por muchos años.

Una vez, Verny desarrolló una enfermedad en los ojos, que le producía mucho dolor y hacía que estuviera todo el tiempo con secreciones. Nuestra vecina, “doña Trina la de don Enrique”, le dijo que eso se llamaba “moquillo de ojo” y lo peor, que el pobre chiquito podía quedarse ciego (hoy lo llamaríamos conjuntivitis). En ese momento apareció en escena Santa Lucía, de quien nunca conocí una imagen, porque seguramente no consiguió una estampa. Pero lo cierto es que resultó buenísima, pues gracias a ella, y a unos pañitos de agua con sulfa que le habían recomendado, y que se los ponía mañana y tarde, como a la semana después, empezaron a desaparecer los síntomas.

Y desde luego que otros santos muy útiles desfilaban a menudo por los rezos: san Antonio para buscar cosas perdidas; san Sebastián para los dolores de espalda; san Judas para la escasez de plata; santa Eduvigis para conseguir casa; santa Águeda para evitar los maleficios; san Ramón para acompañar a las parturientas y san Pascual Bailón, era especialista en espantar cucarachas. Eso sí, para eso había que hacerle un baile. Henry, quien siempre le buscaba la nota cómica a los asuntos más serios, decía que claro, que tenía que servir, puesto que ese montón de gente brincando sobre los pisos de madera, terminaba por aplastar todas las cucarachas que hubiera.

Una vez, estando en mi casa doña Trina y doña Mercedes, la hermana de ella que vivía en San Isidro de El General, las pescó una tormenta. Como era costumbre, doña María fue a buscar la palma bendita para echarla a las brasas, para que nos librara de los rayos. Pero doña Mercedes le dijo que lo mejor para eso era una oracioncita, que siempre llevaba con ella, dedicada a san Vicente. Y acto seguido, empezó la rezadera. Cerca de una hora después terminó la tormenta: a nadie le cupo la menor duda de que se había obrado un milagro atribuible a san Vicente.

Y en otra ocasión, me tocó oír una conversación entre doña María y Mina (nunca nos enseñaron a decirle doña), en que ésta le recomendó una santa muy buena para los dolores en las chuspas (pechos), llamada santa Ágata. Se comprometió a conseguirle una estampita, de las que daban los padres capuchinos de Cartago. Era claro que, al menos había que tener una estampa o una medalla, puesto que de buenas a primeras, rezarle a una santa desconocida, como que no auguraba mucho éxito. Nunca me enteré si lo hizo o cuando fue que le cesó el dolor de terencias a mi mama. Desde luego que ellas se hubiesen escandalizado de haber llegado a enterarse que oí semejante conversación, pues su contenido, era casi obsceno.

Y es que era muy corriente que en sus conversaciones, las señoras se hiciesen ese tipo de recomendaciones. Si alguien tuviese duda, sobre el origen de algunas expresiones que todavía subsisten, tales como “pasame el santo”, “decime el santo” o “me dieron un santo buenísimo”, simplemente que se dé por notificado que proviene de esas prácticas.
Bueno, y ni qué decir de los santos de la nueva ola, que fueron apareciendo hacia finales de los cincuenta, tales como el Hermano Miguel, Marisa y el Padre Pío. Ya para ese entonces, Miguel, había independizado sus sesiones de oración. Lo recuerdo, una vez, sentado en la cama con los pies en posición yoga, casi tántrica, con un rosario al lado, en frente del librito de su primera comunión y una estampita de Marisa, rezando por el periquito Tracy (¿por el alma?); el cual había sido un perico que le había regalado Nidya y que, después de varios accidentes similares, terminó ahogado en la pila del lavadero. Y por esos días coincidió la muerte del Papa Pío XII, el cual de inmediato entró a su santoral particular. Cada vez que hacía sus oraciones, colocaba dentro de sus aperos de rezos, una foto de él que había salido en el Diario de Costa Rica.

El método científico de la santulonería

Había personas, como “Elisa la de Beto” que tenían un dominio perfecto de las especialidades de cada santo. Como se dice en el mundo actual, lo cual era válido en los 50, ¡quien domina la información, domina el mundo! Y ese tipo de personas eran muy respetadas en el vecindario, por esa sapiencia devocional. Eran de consulta obligatoria para cada mal, algo así como una casta de médicos espirituales. Eran capaces de identificar el santo exacto y el método para pedirle tal o cual favor.

El asunto no terminaba en saber conocer cuáles eran los santos apropiados, sino que además, había que dominar cuáles eran sus gustos muy particulares. A unos había que rezarles determinado número de padres nuestros, cada día o de día por medio. Otros preferían las avemarías, y los más lujosos, los credos o las salves.

Y además, no bastaba el saber qué rezarles, sino que había que dominar la técnica de cómo hacerlo. Algunos, como san Martín de Porres, se conformaban con los rezos matutinos. A otros, había que rezarles novenas. Unos más, como el Hermano Miguel, requerían que además de la novena, había que publicar un aviso en El Avance (que nunca supe porqué se llamaba así, si en el título de este periódico decía “Últimas Noticias”). A otros, como el que mencioné antes, era indispensable hacerles bailes. A san Juan, había que dejarle un huevo debajo de la cama, el 24 de junio. A casi todos, era de rigor ir a dejarle una limosna al padre u ofrecerles una promesa.

Mis primeras dudas

En aquel ambiente de santos y rezaderas, a pesar de ser yo aún un niño, había cosas que no me sonaban. Teniendo unos 8 años, empecé a cuestionarme por qué había que desarrollar todo ese conocimiento acerca de las especialidades de los santos, para poder identificar cuál era el correcto para pedirle los favores en cada caso, porque de lo contrario, los ruegos podían caer en saco roto.

Le cuestionaba a mi mamá, que para qué necesitaba pedirle a Elisa que le pasara santos especializados en tal o cual contingencia. Ella me veía con ojos de “no me tientes demonio”, y simplemente me contestaba, entre acongojada y avergonzada: “¡porque así tiene que ser!”. Si le insistía, me decía que “había que tener fe como un grano de mostaza”. Desde luego que yo no comprendía cómo un grano de mostaza podía tener fe, y además, ni siquiera me imaginaba que la mostaza pudiese venir en grano. Para mí, la mostaza venía en botellas y era una pasta de color amarillo, que conocí, por primera vez, en los tacos de La Cañada.

Lo peor era que yo era muy majadero con ese tema de los santos especialistas. Aunque nunca recibí apoyo de mis hermanos en estas campañas opositoras, a raíz de las discusiones que yo tenía con doña María, un buen día Verny contó un chiste que venía al pelo a la discusión. Más o menos el chiste consistía en que, un aviador se cayó de su avión, y cuando iba en caída libre, empezó a rezarle a san Antonio para que lo salvara. Cuando iba a mitad de camino, salió una mano de una nube y lo agarró. Muy agradecido, el aviador le dice: ¡Gracias, san Antonio de Padua, por eso es que siempre he tenido tanta fe en vos! En ese momento se oyó una voz que retumbaba en el cielo que le dijo: “Ah no, yo soy san Antonio María Claret” y lo soltó.

La situación se le empezó a poner más seria a doña Maria, con el transcurso de los años, por las dudas que me empezaban a asaltar con mucho más frecuencia. Y ni qué decir del choque tan violento que para ella significó el que, un día llegara yo de la escuela y le conté que, la maestra de Religión nos decía que los santos no hacían milagros; que el único que hacía milagros era Dios. Que lo único que podían hacer los santos era, probablemente por tenerlo cerca, asumir nuestras causas para defenderlas ante el Ser Supremo. Y que dependiendo de lo convincentes que pudiesen ser en su labor de intercesión, Dios tomaría la decisión de si nos concedía o no el favor.

Eso debe haber removido absolutamente todas sus fibras cerebrales de la sección destinada a la fe religiosa. Se enojó fuertemente, y me dijo, que no le hiciera caso, que esa vieja seguro era anticuada, y que no sabía nada de religión.

Quebrantos de fe

Para mi era difícil de entender, y creo que a estas alturas del ocaso de mi vida sigo sin entender, ¿cómo era ese asunto de que, las cosas que se le pedían a Dios, bueno, o a los santos, a niños o a vírgenes, solo muy de vez en cuando era concedidas?

Por otra parte, en las homilías de la misa dominical, salían a relucir unos versículos bíblicos en donde Jesús les decía a sus apóstoles que no se afanaran por las cosas materiales, que simplemente vieran las avecillas del cielo que no se preocupaban por lo que vendría mañana y que siempre, Dios proveía a sus necesidades. Para mí aquello no significaba nada más que no había que ser majadero, y había que dejar de pedirle a Dios (en forma directa o por intermediarios), puesto que Él sabía cuáles eran nuestras necesidades sin que nosotros que estarselas diciendo.

Claro que eso me creaba un embrollo mental de Padre y Señor mío. Por una parte, Dios es Todopoderoso, sabe todo, y conoce todo de nosotros, hasta nuestros más íntimos pensamientos. Ergo, es una tontería ponerse a decirle que tenemos tal o cual necesidad y que queremos que nos ayude.

Tampoco hay que ir a una iglesia a rezarle, porque Él está en todas partes, y ni siquiera es necesario hacer un altar. Eso era para los tiempos del viejo testamento, cuando Dios era más belicoso, y castigaba con fuego, pestes y diluvios a la humanidad. Pero eso sí, es pecado mortal faltar a misa.

Por otra parte, todo lo que nos pasa, son designios de Dios, e incluso, como nos decían en nuestra niñez, hasta los castigos de Dios. Si le pedimos algo a Dios, y nos lo concede, independientemente de las probabilidades que existieran de la ocurrencia del evento, es un milagro. Pero si no nos lo concede, son sus designios y hay que entenderlo y aceptarlo con resignación, pues nos está poniendo piedras en el camino para someternos a prueba.

Se dice que Dios es justo y da a cada quien lo que merece. Pero da lástima ver gente que con tanta fe y empeño le ruega a Dios por un milagro, que casi nunca llega, para salvar a un hijo, o para que le cure de una enfermedad, y hasta se hacen cadenas de oración, porque, se supone que, si es bastante la gente que le pide, en la de menos se siente abrumado y así podremos lograr torcerle el brazo. Pero a veces le concede favores insignificantes a gente que a nuestro juicio no lo merece: pero cuidado, en la de menos eso no es más que una trampa que les pone o nos pone a nosotros para probar nuestra fe.

Y eso para no entrar en el campo de los muertos. Durante muchos siglos, la principal preocupación de la gente era tener bastantes hijos, puesto que de esa manera se garantizaba que, cuando muriesen, tendrían bastantes deudos, para que les rezaran y así lograran sacarlo del Purgatorio. Y si le pagaban bastantes misas y trisagios, eso haría que le dieran preferencia en la otra vida y, rapidito, llegara al cielo. Si había sido malo o había sido bueno en esta vida, no importaba: lo útil era que le rezaran sobre su tumba o en su memoria, para lavar sus pecados.

Y para colmo, lo que era más decepcionante, es que al final los que tendrían preferencia en el cielo serían los malos, con la única condición de que en el último momento se arrepintiesen de sus pecados, sin importar la gravedad de estos. Y eso era muy claro en la palabra de Dios: “habrá más fiesta en el cielo por un pecador que se arrepienta que por 99 justos que se salven”. Y lo que más rabia daba era cuando, Flora Barboza, en los rosarios de difunto siempre decía una oración que enfatizaba en pedirle a Dios que “llevara todas las almas al cielo, especialmente las más necesitadas de tu misericordia”. ¿Entonces? Si Dios es misericordioso, y no dudo que lo sea, tendrá piedad de todas las almas, y al final no tendrá corazón para mandar a nadie al infierno. Con razón Juan Pablo II había cerrado el infierno. Parece como más justa la decisión del Papa actual que lo reabrió. Al menos así, las almas buenas gozarán de la catarsis de ver que, quienes no hicieron el esfuerzo de portarse bien como ellos, serán castigados con las llamas eternas.

Esas elucubraciones atormentaron mi infancia y mi juventud. Para colmo de males, había un seguro que le garantizaba a uno que a la hora de la muerte, tendría tiempo de arrepentirse y recibir los Santos Sacramentos: hacer los nueve primeros viernes al Corazón de Jesús. Pero, fui demasiado perezoso. Mientras Leda y Miguel hicieron los nueve primeros viernes, hasta dos o tres veces, por más que me lo propuse, no tuve el valor de levantarme nueve primeros viernes consecutivos para ir a misa de cinco de la mañana al Seminario Central. Los empecé varias veces y en mi mejor récord, alcancé a hacer tres. Un día me dije: mejor me espero a ser viejo para hacerlos. Y ahora que soy viejo, no tengo la fe de entonces para someterme a esa rutina.

¿Creo en Dios?

La conclusión de todo esto es que no tengo nada claro. A veces he decidido creer en Dios al estilo que lo hizo Einstein: “Dios es el creador de todas las leyes físicas del universo, las cuales son inmutables.” Pero eso me asusta, porque se me parece demasiado a lo que según nos decía el Padre Freddy Chacón en las clases de Religión del colegio, era la filosofía de los masones. Nos decía que ellos creen que existe un Dios, pero que solamente uno que se ocupó de crear el universo, y a partir de allí no interviene en nada, ni en su funcionamiento, ni en los actos o acciones de las personas o la naturaleza. Nos decía que, por eso, ellos tienen la creencia de que Dios es solamente “el gran arquitecto del Universo”.

Y eso sería terrible, puesto que estaría aproximándome peligrosamente a lo que para doña María era su máximo horror: que alguno de sus hijos terminara siendo masón. O sea, yo que fui su compañero de rezos, que recibí con toda intensidad sus enseñanzas: ¿masón? Creo que no me lo perdonaría. Y con todo y que tendría la justificación de que, ya hubo un precedente en la familia, el de Verny, no creo que le gustaría. Pero sinceramente no me entusiasma el ser masón.

Por otra parte, me gusta mucho toda la parafernalia de la Iglesia Católica, las largas ceremonias de los jueves santos, los cantos gregorianos y la música sacra, los trisagios, las misas cantadas, y hasta las misas de revestidos, de esas que decía Víctor Hugo que alguien le pidió una vez, siendo él cura en Tierra Blanca: “con bastante chuica negro”. Echo de menos la pérdida en la creatividad ceremonial del culto religioso, pues últimamente todas las ceremonias terminan siendo una misa: de bautizo, de primera comunión, de matrimonio, de entierro, de difunto, de acción de gracias.

Me gusta la Semana Santa, y no solo por las comidas de sardinas, atunes, frutas enlatadas, sopas de bacalao, miel de chiverre o encurtidos. Me gustan las ceremonias eclesiásticas, los huertos y monumentos, los calvarios, las procesiones y los programas religiosos, aunque sean las películas de batones y sandalias. Luis Liberman solía decir que en Canal 7, todo lo que les olía a sandalia, lo acomodaban en la Semana Santa. Cuando Rodrigo Sánchez era el locutor de planta de ese canal anunciaba: “en honor al fervor religioso del culto pueblo costarricense, presentamos: Marco Antonio y Cleopatra”.

Me cuesta creer en la utilidad de los novenarios, de los rosarios de cabo de año o en las misas de muerto: pero ¡cómo me agradan! Al menos los encuentro como una de las últimas reminiscencias del pasado en que esas actividades eran la ocasión más propicia de socialización, sobre todo en las grandes familias. Era en esas ocasiones que uno volvía a ver familiares que había perdido de vista por muchos años.

Y no podría ser de otra manera: al final de cuentas el sustrato de mi vida fue todas aquellas oraciones que me ponía a rezar mi mamá, la alegría respetuosa de las ceremonias de la Semana Santa, las procesiones de San José Obrero y hasta la quema de Judas, los sábados santos.

Pero ¿creo sinceramente en Dios? La verdad no lo sé. Por eso prefiero declararme neo-agnóstico. Con esto quiero decir, como decía Henry, que me declaro ignorante. Carezco de argumentos para decir que Dios no existe, tanto como no los tengo para decir que existe. No puedo afirmar que los rezos y ceremonias no aporten nada a la humanidad. Al menos sirven como medio de unión para la gente, y eso es importante. Lo de neo, es por aquello de que un agnóstico me dirá que ellos sí creen en Dios, si es equivalente a lo absoluto, solo que consideran que su entendimiento no está al alcance de los seres humanos. Yo ni siquiera puedo afirmar eso.

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  1. #1 por maritza el 16 mayo, 2014 - 10:30 AM

    Se requiere saber más sobre cada santo, cada cosa de ellos, en especial cuáles son buenos para atraer amigos verdaderos. Gracias

    • #2 por Dennis Meléndez Howell el 13 agosto, 2014 - 1:44 PM

      Me encantaría poder hacerlo, pero hace 39 años murió mi madre quien era la experta en la materia. Y sobre ello, soy absolutamente ignorante.

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