El Duelo de la Patria

Dennis Meléndez, vivencia personal, 22 de enero de 2008

003 Popayán“El duelo de la patria” siempre me ponía triste. Cada viernes santo iba a Desamparados con mi hermano, Miguel, y mis amigos de barrio, Víctor Hugo Murguía y sus hermanos. De aquella época de infancia, siempre evoco la tristeza que me causaba el escuchar aquellas notas durante la procesión del Santo Entierro. Mi mamá nos contaba que había sido compuesta por el Maestro Chávez, en ocasión de los funerales de don Tomás Guardia. Y Víctor Hugo, infaltablemente, repetía sus tristes notas en nuestros juegos de iglesia, simulacros de Semana Santa, cantando “ere-res-tón!, ere-res-tón!”, mientras los menores cargábamos los santos, montados en andas, con caras hechas de lata de sardina y cuerpos de palo, vestidos de chuicas viejos.

Aquel regusto por las notas tristes se me encarnó en la mente, y siempre resonaban en mi cabeza cuando pensaba en el día en que mis padres murieran, fatalidad que atormentaba mis pensamientos de niño y aún de adolescente. Inevitablemente me rememoraba el día del entierro de mi hermana, días antes de la semana santa de 1954. El cortejo fúnebre salió de la casa de “allárriba”, para cruzar lentamente las, por entonces, polvorientas calles de Paso Ancho, golpeadas por la sequía propia del mes de marzo. Iba encabezado por una lúgubre pero lujosa carroza negra, con paredes de vidrio que permitían ver el ataúd blanco en su interior: ¡hasta parecía un Santo Sepulcro! La carroza iba tirada por cuatro caballos percherones, cubiertos cada uno por un manto negro, bordeado en borlas entretejidas, y cada animal portaba penachos negros sobre sus cabezas. Un cochero vestido de negro, con chistera, guiaba los caballos y, trabajosamente, se esforzaba en sortear los baches y las piedras de la calle. Yo estaba bien advertido: tenía que caminar al ritmo del cortejo, y no podría quejarme de cansancio, pues si lo hacía, me subirían a la carroza, y me sentarían a la par del ataúd, con Aúra. El cortejo iría hasta La Dolorosa, y de allí, por la avenida 12, hasta la iglesia de Los Ángeles y luego por la avenida San Martín, hasta el Cementerio General. Y a pesar de mi enclenque figura, de “aquel chiquitillo que le tengo tanta lástima”, como dijo alguna vez la tía Mina, soporté estoicamente la caminata completa. Pero nunca dije cuál había sido mi truco: al caminar, iba marcando mis pasos con el “ere-res-tón”, que de alguna manera rimaba bien con los rezos y los llantos que alguien, de vez en cuando, dejaba oír entre los murmullos y las risas irrespetuosas de otros.

Y por siempre, escuchar El duelo de la patria me traería aquellos recuerdos, que, por lo demás, eran una estampa extraña, pues aunque deberían producirme tristeza, por el contrario, me motivaban una mezcla de sentimientos, una idea de lejanía, de sol, de olor a sardina, de procesión, de ángeles y santos; de gente extraña y de parientes que llegaban a dar el pésame, y del jolgorio que seguía con la “quema del Judas”, el sábado santo. Un olor a miel de chiverre, a encurtido, a melcochas en cáscara de naranja, y la procesión de la soledad, el sábado por la tarde. Todo me hace recordar la sopa de bacalao preparada con leche y quelites de chayote; la flor de itabo con huevo, los tamalitos de frijol y el atún y las frutas enlatadas, que nunca alcanzábamos a consumir durante los días santos.

Nidya Meléndez 1974

Nidya Meléndez 1974

La Semana Santa llegó entonces a tener mucho encanto, mezcla de lúgubres recuerdos, comidas de pueblo, música triste y visitas sociales. La ausencia de carros en las calles, las largas caminatas por falta de transporte, el virtual silencio de las estaciones de radio, el olor a incienso, a iglesia, a flores; y, las filas interminables para confesarse. Y las carreras en la Catedral para coger campo en el comulgatorio, el jueves santo, pues se corría el riesgo de que, si uno quedaba entre los últimos, sentenciaba Víctor Hugo, era posible que el padre tuviese que partir las hostias, y quien quita le tocara a uno una pequeña fracción, pues contrario a las enseñanzas doctrinales, no estábamos suficientemente convencidos que produjera el mismo efecto sagrado. Y luego, la visita a los “monumentos”, para garantizarse “el no morir en pecado”.

Mi hermana Nidia tenía siempre otro temor: la semana santa era sinónimo de temblores. No era inusual que alguno de esos días hubiese sismos fuertes. Uno de ellos quedó registrado en la grabadora de Henry, mientras grababa “La amada inmóvil”, que tradicionalmente dejaban escuchar en Radio Reloj, los viernes santos, por la noche: “¡temblando! ¡temblando!, decía Henry mientras en el radio se oía el “todo en ella encantaba, todo en ella atraía: su mirada, su gesto, su sonrisa…”
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  1. #1 por Margarita Varela el 17 marzo, 2011 - 1:36 PM

    Disfruté mucho su artículo y el confirmar que otras personas disfrutan tanto como yo, tan hermosa joya musical costarricense. Durante mi infancia, la escuché todos los Viernes Santos, ejecutada por la Filarmonía Municipal de San Carlos, donde mi padre ejecutaba el saxofón. Años más tarde, la tocaría yo, junto con mis hermanos y otros jóvenes, con la Escuela de Música, también de la Municipalidad de San Carlos, dirigida por mi padre, Miguel A. Varela, Q.d.d.g, o por don Efraín Alfaro, nuestros profesores. Los sentimientos, sensaciones y recuerdos que afloran en mí, cada vez que la escucho, solo podrán ser comprendidos por personas tan sensibles como usted. Gracias por compartirlo.
    Por cierto, me gustaría saber si Victor Hugo Munguía, a quien usted se refiere, es hoy el Padre Munguía, sacerdote a quien conocí en el Seminario de Paso Ancho. Saludos cordiales.

    • #2 por Dennis Meléndez Howell el 17 marzo, 2011 - 5:36 PM

      Gracias, Margarita, por tu comentario.

      Efectivamente, Víctor Hugo Munguía es el mismo que usted conoció. Actualmente es cura párroco de El Bosque, en San Francisco de Dos Ríos.

  2. #3 por Luis Carlos Valdelomar Zuñiga el 31 enero, 2016 - 8:11 PM

    Maravillosa descripción de un funeral con carrozas y percherones y de las sensaciones y sentimientos profundos que inspira escuchar el Duelo de la Patria.

  3. #4 por Luis Carlos Valdelomar Zuñiga. el 6 febrero, 2016 - 8:53 AM

    En dos ocasiones consecutivas,el dos de noviembre, un coro en el que participé, en la misa ordinaria de la Catedral Metropolitana de las seis de la tarde, cantó el Réquiem de Mozart, alternando cada parte musical, con con el sacerdote. Al final el Padre Munguía,se refirió elogiosamente a la participación del coro con lenguaje erudito y profundo conocimiento y amor musical. Así conocí al Padre Munguía, quien después en su parroquia de El Bosque nos invitó a un refrigerio, donde departió con nosotros, demostrando la simpatía y el aprecio y respeto que se le tiene.

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