Elogio de los tres chanchitos

Guillermo Barzuna Pérez

ThreeLittlePigsCon la gana que tenía de hablar de los tres Villalobos y viene y me tocan los tres chanchitos.

La verdad es que esos cochinitos no son adecuados para los aires que corren: demasiado gordos, de verdad “pasaditos de ricos” para estar a la moda. Además, han salido tanto en los anuncios de los almacenes y ferreterías por aquello de su manía de estar construyendo casa a cada rato…

Lo peor es el tufillo moralizante que tiene el cuentito: no hay que ser perezoso y hay que anteponer el trabajo al placer, en este caso representado por el juego y debemos pensar en el futuro cuando lo sabroso es vivir en el presente, por lo menos cuando uno está en edad de que le cuenten cuentos. ¿Y qué me dicen de la ausencia de chanchitas en la historia? ¡Qué barbaridad! ¡Qué cuento tan poco inclusivo!

Pero en fin, ya que estamos en eso tratemos de recordar por qué nos gustaban tanto esos cerditos cuando éramos pequeños. Es decir, intentemos algún tipo de celebración de los tres marranitos

¿Por qué pedíamos oír ese cuento? ¿No sería por el miedo que nos producían los resoplidos del lobo y la consiguiente carrera del chanchito que vivía en la choza o en la casita de madera hacia la vivienda de su hermano? Nuestro elogio entonces a la historia por la adrenalina que activaba en nosotros cuando, metidos en la cama, nos tapábamos la cabeza con la almohada por temor al lobo.

Y aparece en el recuerdo de pronto el gran villano, el tan mentado lobo feroz, destructor, malo, salvaje, poderoso. Y bueno, otro mérito indudable de los chanchitos, por lo menos del chanchito trabajador, es el de vencer a esta vilipendiada encarnación del instinto. Porque hay que aceptar que se luce en ese episodio.

Y aquí la cosa tiene su intríngulis. Porque, por lo menos a mí, lo que más me gustaba no era que la casita de ladrillos estuviera bien hecha (los otros dos chanchitos parece que estudiaron ingeniería en una U de garaje). Tampoco era que el lobo se quedara sin pulmones de tanto soplar ni la inteligencia del chanchito mayor (éste de fijo sí fue a la UCR) lo que me fascinaba tanto. No, lo que me hacía más gracia era que el malo se quemara el rabo en la olla de agua hirviendo cuando trataba de meterse a la casa por la chimenea.

No sé si este episodio justiciero aparecerá o no en las versiones actuales, en las que el cerdito responde al detestable nombre de Práctico y el lobo, en vez de dar miedo, tiene pinta de pachuco, o de narco de barrio para ser más exactos. Pero en nuestra infancia sí que existía, así como la muerte de la madrastra de Cenicienta y otros villanos (as) por el estilo. Es más, en las versiones más ortodoxas de la historia, se encuentra una simetría curiosa: el lobo devora a los dos cerditos menores pero muere achicharrado en la olla, es decir se convierte en comida (en chicharrón) para el valiente cochinito.

Elogios entonces al cuento en cuestión porque nos permitía ejercer sin culpa alguna nuestro incipiente sentimiento de la justicia. Los malos las pagaban todas, lo que, como éramos inocentes, nos parecía correcto, sin enredarnos en demasiados pedidos de perdón.

Así que al final no fue tan malo olvidarme de las correrías machistas de Rodolfo, Miguelón y Machito, que tanto encantaban a mis hermanas en aquellos días de radio, para hablar de este otro trío que, como hemos visto, se las trae.

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