Un café para Platón

Fernando Ubiergo Festival Juvenil de Primavera

En marzo  1977, me trasladé a vivir a Chile, como estudiante de posgrado. Eran tiempos difíciles en ese país y se vivía un ambiente incertidumbre y temor. Incluso, muchos sentían miedo, especialmente si de alguna manera habían  sido partidarios del anterior gobierno. Habían transcurrido menos de 3 años del golpe de estado, propiciado por las fuerzas armadas, encabezadas por el General Augusto Pinochet, en contra del socialista Salvador Allende.

Cuando tomé, junto con mi esposa, la decisión de ir a estudiar a ese país del Cono Sur, no pocos nos calificaron de insensatos.

La experiencia vendría a mostrarnos que la imagen externa que se proyectaba era mucho más tenebrosa que la realidad. Ya para ese entonces, el país estaba en calma y se vivía con relativa tranquilidad,. Si uno no se metía en temas políticos, no tenía problemas, aunque, como dicen los colombianos, se sentía una calma chicha. Aún había toque de queda, algo común a otros países cercanos, como Perú, Uruguay y Argentina. A veces se podía observar a los chilenos cuchicheando en lugares públicos, con mucha reserva. Eran tremendamente cautelosos en presencia de  personas que les eran desconocidas. En general se notaba gran  resquemor hacia los milicos (militares). Sin embargo, cuando se entraba en confianza, abundaban las historias de desaparecidos, expatriados, muertos, cadáveres que flotaban en el Mapocho (para decir verdad, solamente una vez, vi uno flotando río abajo). Pero también, los del otro lado tenían sus quejas: familiares que habían sido vejados, sus bienes saqueados o expropiados; insultos, maltratos y amenazas. Pero todos coincidían en la enorme preocupación por la mala situación económica y la escasez, en tiempos de Allende. Unos lo justificaban en el mal gobierno y la implantación de un sistema económico inviable; los otros, en el sabotaje de los ricos, los acaparadores y las malas acciones de gobiernos extranjeros.

En medio de aquel ambiente de zozobra, muchos manifestaban su deseo de buscar mejor futuro en otros países. Ingenuamente, se nos acercaban para ver si podíamos interceder para poder irse a vivir a Costa Rica. Quienes lo habían hecho decían, les había ido muy bien. Además, se decía, era un país de mucha paz. Quizás guardaban la esperanza de que, como ciudadanos costarricenses, podríamos hacer algo para ayudarles.

Desde luego, el gobierno costarricense, con esa miopía y xenofobia que siempre nos ha caracterizado a los ticos, en vez de aprovechar la “caza de cerebros”, se empeñaba en prohibir el ingreso de tan valioso capital humano.  Cientos de chilenos pedían la visa para viajar y, después de que se les obligaba a pagar el costo del cable o telegrama, que no era barato, para solicitar la visa a Relaciones Exteriores, a la inmensa mayoría nunca les llegaba una respuesta: ni sí, ni no. Muchos chilenos aún guardan rencor hacia nuestro país por darles la espalda cuando lo necesitaron.

Una de las cosas que más me atraía, a la distancia, y que me motivó para irme a estudiar a aquel país, era su música. Para mí, el sonido melancólico de la quena, la agudeza del pinquillo, la soledad de la zampoña, el sonido épico de las tamboras, eran motivo de evocación del paisaje andino: los cóndores, los montes nevados, el desierto, las llamas, la casa de barro enclavada en un viñedo, los fríos inviernos. Esas eran las imágenes que nos traía el cine y la televisión, los sonidos de la radio y sobre todo, los conciertos de música protesta de los años 60:  como cantaba Quilapayún “qué culpa tiene el tomate, de estar tranquilo en su mata, si viene un hijo de puta y lo mete en una lata y lo manda pa Caracas”, o aquella otra de Víctor Jara: “a desalambrar, a desalambrar! que la tierra es nuestra,  es tuya y de aquel, de Pedro y María, de Juan y José.”

Santiago era una ciudad cautelosa y casi dormida. Edificios en construcción abandonados, viaductos en ruinas, calles en mal estado. Las noches no eran propicias para cumbiar (para los chilenos, cualquier tipo de música tropical era una cumbia). A las 10 u 11 de la noche, todo estaba desierto. Las peñas de otrora eran solo un recuerdo. Como excepción, una vez, un muchacho joven quien nos contactó, pues tenía muchos deseos de poder venirse para Costa Rica como refugiado, nos ofreció llevarnos a una peña clandestina. Y así lo hizo. Tomamos varias “micros” en una noche de otoño, y en medio del frío y de la lluvia, llegamos a una casa bien disimulada en donde se reunía un grupo de jóvenes a cantar canciones prohibidas por la dictadura. Allí, con el calor que nos daba un vino caliente con canela y naranja, oí por primera vez la canción dedicada a la poetiza argentina, Alfonsina Storni: “Alfonsina y el mar”, la cual, por razones que aún no me explico, era una de las proscritas.

En un ambiente en que la vida nocturna era tan estrecha, la gran atracción obligada era la televisión. En ese campo, los programas chilenos eran excelentes: Sábados Gigantes, Sábados Sensacionales, Jápening con Ja. Allí conocimos grandes artistas como Tito Fernández, los Huasos Quincheros, Los de Algarrobal, Los de Ramón (grupo que cantaba una canción costarricense: de la caña se hace el guaro). Los dos grandes íconos de aquel entonces eran el Festival de Viña del Mar, en el Otoño (febrero) y el Festival de la Primavera (en octubre), que eran transmitidos en vivo.

En aquel 1977, seguimos, segundo a segundo, el Festival de la Primavera. Las eliminatorias se realizaban durante toda una semana, y el lunes siguiente, como correspondía, la gran final.

Un muchacho joven presentó una canción de ritmo pausado, letra muy nostálgica y, para los tiempos, atrevida. Era de su autoría y la llamó: un café para Platón. La canción habla de un estudiante a quien él conoció a principios de aquella década en la Universidad de Chile. Era uno de esos típicos hippies de la época, que hablaban de paz y amor, probablemente fumaba marihuana (con un pitillo a medio terminar), andaban desarropados y se interesaban poco por las posesiones materiales. Era estudiante de filosofía y se hacía llamar a sí mismo, “el amigo de Platón”. Como existencialista, vivía de la caridad de sus compañeros, pedía plata para tomar café (no para él, sino para su imaginario amigo Platón) y para pagar la “micro” (unas monedas para locomoción).

Desde luego que, como buen hippie de la época, era comunista hasta la médula y gran activista. Cantaba canciones protesta, sabía preparar cocteles Molotov, y era de los que en masa, protestaba por cualquier cosa por las calles, en contra de los momios (democratacristianos) y al grito de “qué calor, qué calor, un guanaco por favor!”, disfrutaban cuando la policía salía con sus carros lanza-agua.

Cuando se vino el golpe de estado del 11 de setiembre de 1973, muchos de aquellos revoltosos fueron apresados, incluyendo al amigo de Platón. Gran cantidad de ellos fueron encerrados en el Estadio Nacional y de allí desaparecieron. Por esas cosas extrañas, él fue liberado, y en cuanto se reiniciaron las clases, unas dos semanas después del golpe, volvió a la universidad con todos sus compañeros. Pero, un día de octubre a clases no llegó, había dejado la universidad. Con un pitillo a medio terminar, se marchó. Nunca nadie más supo de él. Se rumoró que se había exiliado en España, pero eso nunca fue confirmado. Como cantaba Fernando Ubiergo: “dime amigo en qué lugar, del mundo te hallarás, tomando un café junto a Platón, yo sé bien que tú estarás, hablando de la paz, y del amor. Tú siempre dijiste que, la paz se escapa por, entre los dedos de la humanidad, que si los pretendes juntar, son tantas manos que, no alcanzarán…”

Y la canción ganadora fue: “un café para Platón”, para gran disgusto de la Junta Militar. Pero ¿qué hacer? Ubiergo se había convertido en un ídolo y tomar acciones en su contra, hubiese sido convertirlo en mártir. Además, quién podía afirmar que aquella letra hablaba del golpe de estado, los refugiados, los comunistas. Su popularidad fue tanta que, en el siguiente Festival de Viña del Mar, uno de los eventos de su clase, más prestigiosos y antiguos latinoamericanos, fue el gran ganador, con su canción: “El tiempo en las bastillas”.

Esto me ha venido a la memoria gracias a una canción incluida en un disco compacto de una colección que está publicando el periódico La Nación, que se llama “La música de nuestra Nación”, que contiene la versión nacional de aquella memorable canción que, en calidad de cover, interpreta el grupo nacional Manantial, que, por lo demás, tuvo mucha acogida. Para mí esa canción es muy significativa. La versión de su autor, Ubiergo, me recuerda aquellos lindos años que viví por allá, al Chile que me adoptó en uno de sus peores momentos y que se conviertió en la patria natal de mi hijo. La versión de Manantial, pues la dio a conocer en Costa Rica. Aún no me explico por qué, siendo Fernando Ubiergo un cantautor tan querido en su país y conocido en el Cono Sur, a Costa Rica solamente llegó esa canción. Algunas veces escucho una que otra de su autoría, como “En agosto era 21”, pero sin gran difusión.

Gracias Manantial por esa interpretación tan magistral.   http://www.youtube.com/watch?v=nibRwbGQkSw

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  1. #1 por Roxi el 17 agosto, 2012 - 7:15 PM

    Muy interesante tu historia, Dennis. A mis 15 años tuve la suerte de hacer un viaje y la ultima parada fue en Chile. Papi, como buen amante de la música, llevó con él la de Fernando Ubiergo. Yo me quedaba con él, en las noches, escuchando a Gardel, Agustín Lara, y otros que no recuerdo. Pero también a Fernando Ubiergo. Muchas de sus canciones las recuerdo y, realmente, marcó una época para mí, que jamás olvidaré!

    • #2 por Dennis Meléndez Howell el 15 marzo, 2017 - 2:10 PM

      Claro que lo recuerdo. Quedaron de llegar el 23 de diciembre y nos dejaron colgados en el aeropuerto, sin que mediara ninguna comunicación, por razones aún no bien explicadas. Ana decidió que fuéramos al aeropuerto a ver si tenían la dignidad de aparecerse (porque ni eso avisaron). Ahí sí aparecieron como si nada hubiera pasado. Aún espero una disculpa (40 años después).

  2. #3 por noemi el 22 septiembre, 2013 - 6:46 PM

    Hoy estoy muy emocionada. Conocí a Platón y es verdad.

    • #4 por Dennis Meléndez Howell el 15 noviembre, 2013 - 11:42 AM

      Muy interesante. ¿Conociste al estudiante del cual habla la historia de Fernando Ubiergo?

      • #5 por jorge pizarro el 24 junio, 2014 - 1:17 PM

        ¿Qué pasó finalmente con Noemí?

      • #6 por Dennis Meléndez Howell el 13 agosto, 2014 - 1:41 PM

        Disculpa, no entiendo tu pregunta, pues no sé a qué Noemí te refieres.

  3. #7 por Manu el 30 noviembre, 2016 - 12:16 PM

    Tengo una vaga referencia de la historia de esta canción. Estudiando Pedagogía en Filosofía en el ex pedagógico de Santiago de Chile en los años noventa, un profesor nos refirió,por aquel entonces, así, de pasada, un breve resumen, de cuando Fernando Ubiergo era estudiante, si mal no recuerdo, de Derecho; no estoy muy seguro de eso.
    Como estudiante de filosofía, me llegó mucho su letra, además, la melodía aún me sigue cultivando. Era un joven veinteañero casi a principios de los noventa, pero la canción la conocía desde mi niñez, desde principios de los ochenta.
    Buscando la historia de esta canción en Internet, di con algunas, sobre todo lo que dicen que el mismo Ubiergo ha expresado y, la verdad, me sorprende. Bueno, en fin.
    Me detuve a leer tu relato, Dennis, el de un extranjero en Chile en aquella época; el relato y la mirada ”foránea” del país de entonces. Creo que tus palabras están llenas de sinceridad, afecto, cariño, nostalgia y de un sentimiento que tan sólo tú conoces, junto a toda esa visión que tuviste del momento, como joven estudiante que eras y, como se sabe, como extranjero.
    Hay en tu relato, obviamente, mucho de tu mirada interior y, como tal, creo que has sabido mostrar, de manera bien imparcial, ”tu” historia, dentro del contexto político y social chileno de entonces.
    Me alegra mucho el ver que, como tantos, no has caído en la descalificación sutil o la típica inclinación de la balanza, para uno o para otro lado, sino, más bien, has tratado de ser imparcial y, de tal modo, mostrar una parte, bien contada, con los ojos de un costarricense, de un periodo de la historia de Chile muy controversial.
    Gracias, Dennis, por contar tu experiencia.

  4. #8 por Katy el 5 febrero, 2017 - 7:45 AM

    Qué hermoso leer esto de un costarricense que hable de mi amado chile.

  5. #9 por Rubén el 2 junio, 2017 - 11:29 PM

    Interesante relato; gracias por compartir esa experiencia.

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