Petra

Dennis Meléndez Howell

Bogotá, 14 de marzo de 2010

La historia registra que Antonio “Tata” Pinto, un militar que apoyó a Braulio Carrillo en la guerra de 1842, y que, contrario a Vicente Villaseñor, se mantuvo fiel a Carrillo, mencionó en una de sus cartas la expresión “Sigue Petra con calentura”, lo que parece mostrar que este dicho es de larga data en el país. No se sabe en qué momento el pueblo le agregó una segunda parte: “y Juana con calambres”. Mi tía política, Guillermina Jiménez contaba una historia relacionada con estas expresiones, que trato de repetir tan fielmente como mi memoria me lo permite. Me parece una historia interesante para relatar.

Petra Ramona Dolores de la Trinidad González Ujueta era hija de un próspero importador de abastos y artículos ferreteros de la ciudad de Cartago. Nació hacia finales de siglo XIX, durante la primera administración de don Rafael Iglesias Castro, en los convulsos días en que a sangre y fuego, se reformó la Constitución de 1871, para lograr la reelección de don Rafael.

Aunque no se podría decir que fuese de una familia de alta alcurnia, o al menos, así reconocida por la cerrada sociedad cartaginesa, don Ernesto González, su padre, siempre hacía gala de su devoción cristiana, su apego a la moral y a las normas legales, y sobre todo, a sacar a colación que su familia había llegado a Cartago, procedente de Valladolid, España, a principios del S. XVIII.

Los González Ujueta vivían en una casa de bahareque, con techo de tejas, cerca del barrio El Molino. La casa era amplia, con corredores volados, largas bancas enrejadas de madera y con abundancia de matas, esmeradamente cuidadas por doña Luisita Ujueta Ventura, la madre de Petra. Unas distribuidas por el suelo, junto a las bancas, en viejas latas de aceite o macetas de barro; y otras, guindadas en las vigas y horcones del corredor, en materas improvisadas hechas de viejas latas de leche Klim, con soportes rústicos de alambre negro. Dos lámparas de aceite, de hierro forjado y laterales de vidrio, orgullo familiar, colocadas a cada lado de la puerta principal, recibían a los visitantes. Don Ernesto las había hecho traer de España.

En su adolescencia, Petra era una joven hacendosa y dedicada a las labores de la casa. También servía de ayuda a su mamá, quien padecía de reumatismo y venas varicosas en sus dos piernas.  Con la familia, que incluía un hijo mayor que Petra y tres hermanas menores, vivía una doméstica que se había concertado desde hacía más de 25 años, quien se encargaba de las tareas de la casa. Sin embargo, a doña Luisita le gustaba que su hija aprendiera a hacer oficio, para que, cuando estuviese en edad de merecer, pudiese hacer gala a sus pretendientes, de su buena cuchara, sus impecables hábitos de aseo y su habilidad para lavar y planchar.

Petra no destacaba precisamente por su belleza, pues era enjuta y de facciones toscas. Llevaba siempre el pelo acomodado en una redecilla y no podía ocultar los negros vellos que le nacían cerca de la comisura de sus labios. Para colmo, había heredado la prominente y partida nariz de su padre.

Cuando ya parecía que se iba a quedar para vestir santos, a sus 24 años, con ocasión de la fiesta para celebrar el cumpleaños 50 de don Ernesto, se apareció por la casa, Manuel, un hombre de tez morena y facciones duras, con edad cercana a los treinta. Hacía unos dos meses lo habían contratado como ayudante de bodeguero en la tienda de don Ernesto. Se decía que Manuel había llegado de Guácimo, un pueblo perdido en insalubres bananales de la zona Atlántica. Poco se conocía de su pasado, pero aparentemente había decidido venirse para Cartago, pues el trabajo en la bananera empezaba a escasear, culpa de las enfermedades que estaban atacando a la fruta. Malas lenguas decían que había tenido problemas de faldas o policiales.

Con poco disimulo, ante las miradas quisquillosas de la familia, y para solaz de las viejas chismosas, Manuel se acercó a Petra y la invitó a bailar, quien, por un fingido pudor, le rechazó. Don Ernesto, quien había presenciado la escena, de inmediato sentenció a su hija que tendría que mantenerse alejada de ese hombre de quien nadie conocía nada. Pero en ambos, había quedado clavada una espina, que se profundizó en Petra con la prohibición de don Ernesto.

Manuel empezó a rondar la casa y no dejaba pasar oportunidad para cortejar a Petra, hasta que ésta, un domingo de tantos, accedió a escaparse con él a las orillas del Reventado, usando como pretexto ante sus padres, que iría a visitar a su prima Juana, en San Isidro del Tejar. Así nació un secreto amor, amparado a las sombras de los árboles, cuyos extravíos se repetían cada vez que les era posible. Ya tenían hecho su propio nido en el monte.

Un día de tantos, Petra descubrió lo peor: ¡estaba embarazada!. Aquello sería el acabose para sus padres y la vergüenza familiar. ¿Qué le diría su papá al cura de San Nicolás, de quien era tan afecto? Toda la familia quedaría deshonrada y el poco glamur que don Ernesto podría haber acumulado a causa de sus prósperos negocios, quedaría por los suelos.

Cuando Petra contó su congoja a su furtivo amante, éste, con ceño adusto y sin ocultar su turbación, se quedó sin habla y pensativo. Como a la media hora de mantenerse en profundo silencio, Manuel, con lágrimas que corrían por sus mejillas le dijo: “pues si la hicimos la pagamos”. La pareja se puso de acuerdo en que al día siguiente se encontrarían en la estación del tren de Cartago y se escaparían para la zona de Jiménez, en donde Manuel tenía familiares. Y así lo hicieron. Petra confió su tragedia únicamente a su prima Juana, quien comprendió que era lo mejor que podría hacer. Le pidió que les dijera a sus padres que se olvidaran de ella, pues jamás volvería a Cartago.

Cuando la familia se enteró de la fuga de los ignorados amantes, se desató una revolución. Todo Cartago tuvo que ver con la huída de Petra y Manuel. Para protegerlos, Juana dijo que se habían ido para León, en Nicaragua y que no era de provecho intentar irlos a buscar.

La pareja se estableció en la Villa de la Concepción, un insignificante caserío, cerca de Jiménez. Primero, vivieron en la misma casa de Carmen, hermana de Manuel y, a los pocos meses, hicieron su propio rancho en un terreno aledaño, facilitado por el esposo de Carmen. Manuel se enroló de nuevo con la Compañía y pasaba largo tiempo en los bananales. Solo veía a Petra cada diez o quince días y, a veces, pasaba un mes sin ir a la casa. Seis meses después, en un parto, por lo demás complicado, nació Guillermo, fruto de su amor maldito y solo sobrevivió por un milagro condedido por  la santísima virgen de Los Ángeles. Una vez superado aquel trauma, se podría decir que las cosas no iban tan mal. Carmen, la hermana de Manuel, le enseñó a Petra los básicos de la puericultura, y entre las dos, empezaron a criar al vástago.

Cuando Guillermo cumplió tres años, un buen día, volvió Manuel a la casa: venía muy enfermo, con fiebre alta, vómito y una diarrea incontenible. Dijo que, según el doctor de la Compañía, había contraído una disentería en los galpones, por culpa de las aguas podridas. La enfermedad resultó irremediable, y antes de cumplirse la semana, murió. Petra quedó desolada y sin saber qué hacer. Carmen le dijo que se quedara, que ellos verían por ella y por su hijo. Pero a los 8 meses, Guillermo empezó enfermo, con altas fiebres y vómitos: había contraído el paludismo, según dictaminó el médico a quien acudieron de urgencia en Guápiles, que por bendición de Dios estaba por allí, pues solo iba dos veces al mes. Y muy pronto, Petra también lo contrajo. En uno de los tantos ataques, a pesar de los esfuerzos que realizaron, llevando al niño a Guápiles para que lo atendieran en el Puesto de Salubridad, el caso se volvió irremediable. Un buen día, la fiebre se lo llevó. No soportó las fuertes dosis de quinina y el mercurio que le inyectaron para matar la enfermedad.

Petra se quedó sola. Después de noches de insomnio, de recaídas constantes, de la carga de remordimientos y sin encontrar consuelo para la falta de los únicos dos seres que eran su razón de vivir, tomó una valiente decisión: volvería a Cartago. Carmen la fue a dejar a la estación del tren, le dio un tentempié para el camino, le apretó las dos manos y le dijo adiós para siempre.

Al volver a su casa, con casi cinco años de ausencia, las heridas de su pecado estaban abiertas. El recibimiento no fue el mejor. Entre los llantos de doña Luisita y de las hermanas, don Ernesto dio su veredicto: sería imposible recibir en la casa a la hija que les había deshonrado. Doña Luisita acudió al padre Miguel, de San Nicolás, para que intercediera ante su esposo. Pero éste le confirmó que si la recibían, toda la familia caería en desgracias, pues por su gran pecado, Petra estaba excomulgada.

Así es que, después de darle un gallito, -para que no se dijera que ellos no eran piadosos y n0 cumplían el precepto divino de “dar de comer al hambriento”-, la tiraron a la calle, a que buscara, por sus propios medios, cómo resolver su vida. Para ellos, ya estaba muerta desde hacía cinco años.

Petra tomó su bolsa de manigueta con sus únicas posesiones, y empezó a caminar por el camino empedrado hacia el sur, y fue a parar donde su tía, en El Tejar. La hermana de doña Luisita, viuda desde hacía 15 años, la recibió, aunque  no de muy buena gana, y solo por las súplicas y llantos de Juana, para que la dejara quedarse  allí “aunque fuera solo por mientras”. Pero ese “mientras”, se hizo “años”. Con el paso del tiempo, su tía materna y sobre todo, Juana, su única hija, se encariñaron con ella. Además, por sus habilidades culinarias se ganó el estómago de las dos.

Pero el paludismo es incurable. Cada cierto período, a Petra le venía una recaída, y empezaba con sus fiebres. –“Otra vez tiene calentura”- decía Juana, y corría a conseguirle la quinina a la botica de Cartago, cosa que, con el paso de los años, se le hacía cada vez más difícil, pues tenía serios problemas de circulación en sus piernas, que le producían hinchazón, fuertes dolores y continuos calambres, especialmente por las noches. Pero así llegaron las dos a viejas.

Uno a uno, los parientes fueron muriendo. Primero fue doña Luisita, y al año murió don Ernesto, llevándose a su tumba, el rencor por la deshonra de su hija “pródiga”. Tres años después murió Josefa, la mamá de Juana. Ambas mujeres quedaron solas en la casa de San Isidro, en donde compartían dichas y miserias, pero siempre se acompañaban: Petra con sus calenturas y Juana con sus calambres.

Cada vez que Juana se encontraba con alguien que le preguntaba por la salud de Petra, contestaba: -“Ahí está la pobrecita, siempre con sus calenturas”. Tanto que aquello se le convirtió en estribillo. Y si nadie le preguntaba, ella buscaba la manera de traer el tema a colación. –“¿Viste?, ¡otra vez Petra con calentura!”- Y claro, ella no podía darse por menos y, entonces, casi como sacado de un libreto calcado, siempre decía  -“y yo con mis calambres-“.

Un buen día, la calentura de Petra se la llevó para siempre. Juana quedó desconsolada. Se dedicaba a deambular durante el día, y a veces por las noches, por aquel caserón que compartían. Y poco a poco, fue perdiendo la razón. Siempre conversaba con Petra, le contaba sus penas, el temor de que la pensión de estado que había heredado de su padre, ex empleado de gobierno, no le llegara a tiempo. Le hablaba del perro, de las gallinas y de su mamá. De los padres tan buenos de la Iglesia del Carmen, del último fraile que llegó al convento de los Capuchinos… Y apenas veía a alguien, desde el corredor de su casa, adonde se sentaba a mirar el pasar de sus vecinos, les gritaba: – “Viste, ¡otra vez Petra con calentura!”-  Y desde luego, empezaba a hablar de sus dolores reumáticos y de los calambres que no la dejaban en paz.

Un buen día, Lucía, la hermana de Petra, decidió llevársela para la casa de El Molino, pues ya Juana no coordinaba nada bien y se había puesto agresiva con los vecinos, quienes se burlaban de ella y hacían guasa diciéndole en tono irónico cuando ella empezaba a hablar: “siiiígue Petra con calentura.”

Un buen día Juana se puso grave, con mucha fiebre, tos seca, vómito; sus dedos y sus uñas se pusieron azules. Lucía pasaba las noches en vela junto a ella, dándole agua con un algodón, poniéndole pañitos de alcohol en la frente y enderezándola cada vez que se le iba la respiración. Tuvo la intención de ir buscar al padre Juan, al convento de los Capuchinos, para que le pusiera los Santos Óleos, pero no se atrevió. Bien sabía que estaba excomulgada.

Una madrugada, en uno de esos ahogos, con una voz que se iba, se volvió Juana y le dijo a Lucía: -“¿Viste?, otra vez Petra con calentura!” -Y apenas susurrándole al oído, Lucía le contestó: “sí, y Juana con calambres”. Luego le cerró los párpados con sus dedos pulgares, le cruzó los brazos en el pecho y le dio un beso en la frente.

Nota: la historia oficial refiere el dicho “sigue Petra con calentura” a la época de la guerra del 56, y específicamente a la hija de Tata Pinto, Petronila Pinto.  Sin embargo, independientemente de ello, sigo creyendo que la historia que aquí relato, referida por mis tíos cartagineses allá por los años 50, podría ser la real, y sobre todo es mucho más bucólica.

Dialéctica

Sigue Petra con calentura

Juan Manuel Villasuso
Diario Extra, 8 de junio de 2010

Hay una frase de uso popular, originada en los anales de la historia costarricense, que calza como anillo al dedo a lo que comienza a escucharse sobre la actual política económica, tanto en Costa Rica como en otras latitudes.

Esa expresión autóctona, que se atribuye a don Antonio Pinto Soares, más conocido como Tata Pinto y a su esposa, doña María del Rosario Castro Ramírez, refiere a la forma como ellos respondían cuando le preguntaban por su hija Petronila, que padecía de frecuentes quebrantos de salud.

– ¿Cómo sigue, Petra, Tata Pinto?
– Sigue con calentura, respondía con tristeza y un leve acento portugués el que fue capitán de barco, oficial de artillería y uno de los más efímeros presidentes de Costa Rica (gobernó un par de semanas en setiembre de 1842). Su mujer asentía con la cabeza y repetía en voz baja “si, pobrecilla Petra, sigue con calentura”

La frase, cuyo significado primigenio se asoció con la persistencia de algún malestar o dolencia, con el tiempo ha pasado a ser sinónimo de necedad y majadería cuando alguien insiste en algún asunto sin tomar en consideración las circunstancias y el entorno que contradicen de manera evidente sus afirmaciones o propuestas.

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  1. #1 por silvana el 23 marzo, 2010 - 9:31 AM

    Cuantas petras y juanas siguen en este siglo, la historia no pasa solo cambiamos de aNo y el contexto pasó de dejar la casa y fugarse a abortar o suicidarse, mientras la sociedad ya no guarda reencor ahora entierra de una vez sus verguenzas….

    El texto es una replica hoy dia con petras que desde los 11 o 15 ya estan enterradas por sus familias aveces literalmente.

    El texto es bueno, la historia es una cotidianidad.

    un abrazo muy grande,

    Silvana

    • #2 por Dennis Meléndez el 29 marzo, 2010 - 8:45 PM

      Gracias Silvana. A veces hay que hablar de cotidianidades, aunque sean aburridas.

      Saludos, espero que te siga yendo muy bien por Guate,

      Dennis

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