Amarrar el perro

Este relato se basa en un hecho verídico. Los nombres de los personajes, lugares y otras circunstancias han sido cambiados, a propósito.

perro amarradoDon Manuel Quirós era uno de esos personajes pintorescos que hay en todo pueblo. A mediados de los 60, vivía en San Juan de Tibás, en una vieja casa de madera que había heredado de sus padres, la que tenía un frondoso jardín al frente y un único portón, de hierro forjado, rodeado de un seto alto de amapolas, que difícilmente dejaba ver hacia el interior. Contaban los vecinos que, a pesar de que era excéntrico y solitario, se le reconocía como de buena paga. Su esposa había muerto a finales de los 50 y no habían tenido hijos. En la casa, vivía únicamente él, con un sobrino, quien, en razón de su trabajo como agente viajero, pasaba poco tiempo allí. Como única fuente de ingresos tenía una pensión de Estado, por los muchísimos años que trabajó en el Ministerio de Transportes, como conductor de vagoneta.

A pesar de que todavía, por aquellos años, Tibás era bastante sano, varios hechos delictivos habían creado zozobra en el vecindario. Don Manuel decidió conseguirse un perro bravo que le sirviera para cuidar su casa, especialmente en las noches en que salía a tomarse sus traguitos, a una cantina que quedaba dos cuadras al oeste del parque, y a unas seis de su casa. Era su costumbre que, tanto en la pulpería en donde compraba sus abarrotes, como en la cantina, usaba la famosa “libreta”, antecesora criolla de las modernas tarjetas de crédito. Simplemente, cuando terminaba sus tragos, le decía a don Carlos, el cantinero, -¡apuntámelo!-. Y lo mismo hacía con el pulpero y el carnicero. Cuando recibía su pensión, puntualmente, iba a retirar su giro a la Pagaduría Nacional, que quedaba cerca del Almacén Koberg, y de allí pasaba, directamente, al Banco Nacional, a hacerlo efectivo, y pasaba a cada lugar en donde le daban fiado, a atender sus pagos.

Aquellos eran los primeros años en que, en Costa Rica, empezaba a sentirse, de manera incipiente, un fenómeno que ahora nos resulta más que familiar: la inflación monetaria. Por aquella época, los pensionados no recibían ajustes de ningún tipo, mientras que los precios sí aumentaban, aunque todavía a paso muy lento. Desgraciadamente, don Manuel era personaje de trago fino y, aunque no tomada mucho, gustaba del ron importado y hacía alarde de ello. No admitía otro trago que no fuera de Carta Vieja, cuando los costarricenses comunes tomaban Chatam Bay, el ron de la Fábrica. Recién creado el Mercado Común Centroamericano, al imponerse las barreras proteccionistas, el precio del Carta Vieja, que venía de Panamá, se volvió aún más prohibitivo. Pero él siguió apegado a su afición por este trago. Los precios de todo subían, hasta el colmo de que los autobuses aumentaron de veinte céntimos a dos reales (la conocida peseta). Esto empezó a crearle problemas de solvencia y endeudamiento. Su pensión cada vez le alcanzaba menos y su ritmo de gastos iba en aumento.

Sus acreedores, preocupados por la acumulación anormal de saldos en la libreta, empezaron a ir a buscarlo a su casa para que, por lo menos, les hiciera un abonito. Cuando don Manuel veía venir a algún cobrador, cogía las de Villadiego, por el cerco y se iba a esconder, para no dar la cara. Como el salir corriendo era cada vez más frecuente,y se le había vuelto una molestia, tuvo una brillante idea. En vez de tener el perro en el patio trasero, como era usual, el cual soltaba solo por las noches o cuando él no estaba, decidió amarrarlo cerca del portón de la entrada. De más está decir que, por aquella época, las casas rurales no tenían timbres para llamar y, cuando “alguien buscaba”, tenía que llegar hasta la puerta de la casa, para golpear o gritar el consabido “–¡uúupeee!-“.

Pues la solución le resultó muy efectiva. Cuando lo llegaban a buscar los cobradores se veían impedidos de cumplir su objetivo, porque, el perro, furioso, amarrado a la par del portón, no los dejaba ni arrimarse. El hijo de don Carlos, el cantinero, se devolvía adonde su papá y le decía: “-qué va, Pa, no pude cobrarle, no ve que tiene el perro amarrado-“.

Se hizo la fama en el vecindario de que, cuando don Manuel estaba sin plata, y acumulaba deudas que no podía atender, simplemente amarraba el perro. Al pasar por su casa, la gente decía: “otra vez don Manuel tiene el perro amarrado”, con lo que querían decir que tenía deudas que no podía pagar.”

Hoy, la famosa frase de amarrar el perro sigue vigente, y todo mundo la repite como pan de cada día. Supongo que don Manuel, ha muchos años murió y su costumbre de amarrar el perro se fue con él. Pero no así la expresión, que aún perdura.

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  1. #1 por Jorge Oguilve Araya el 27 agosto, 2012 - 11:25 PM

    Disfruto mucho su blog y sus historias, es una de mis páginas favoritas. Ojalá tengamos historias para rato ¡Muchas gracias!

    • #2 por Dennis Meléndez Howell el 15 septiembre, 2012 - 6:52 PM

      Tengo varias en camino, pero mis ocupaciones me impiden sentarme a escribir. Espero no morirme antes de poderlo hacer.

  2. #3 por Eddy Solís el 6 febrero, 2013 - 7:37 PM

    Excelente, señor Meléndez.

    Por favor dígame si tiene algo sobre las palabras de Tiquicia: “PULPERÍA” (me preguntó un extranjero que si era una VENTA DE PULPOS; Je je !), y “PASITO” (´léase NACIMIENTO, PESEBRE, SAGRADA FAMILIA, PORTAL). ~

    Lo felicito y siga adelante, que tiene mucha vida por delante para que nos siga deleitando con sus bellas historias, anécdotas y relatos !!! ~

    Saludos cordiales !

    • #4 por Dennis Meléndez Howell el 10 febrero, 2013 - 8:36 PM

      Eddy, lamentablemente esa versión, de que se deriva de pulpo, está muy difundida. Incluso la Real Academia se la ha comprado. Pulpería viene de pulpa. Algunos dicen que era de las chicheras que luego se convirtieron en taquillas, los lugares en que se elaboraba y vendía jugo de caña y guarapo, que luego se diversificaron y vendieron de todo. Sin embargo, su origen parece no ser costarricense, sino argentino. Allí, se refería a los sitios en que preparaban y vendían la pulpa del durazno (melocotón) y principalmente del membrillo (en forma de dulce o como llamamos nosotros, jalea). Puede haber llegado al país a finales de los 30 o principios de los 40, con el cine de aquel país. En el país existían las taquillas, los estancos y los comisariatos, que luego evolucionaron a pulperías. Cuando ya este nombre pareció muy corriente, empezaron a llamarse mercaditos, luego super, y supermercados. He visto un puesto de frutas callejero en Guadalupe que lo llaman “mini mall”. Hoy, el mercado de las pulperías está siendo tomado por las grandes cadenas de supermercados con lo que los gringos llaman convenience stores (tiendas de conveniencia) como loa AM-PM, Fresh Markets y Vindi. También en las estaciones de gasolina se han hecho comunes esas tiendas de conveniencia, que más bien compiten con las sodas y dulcerías.

      La historia del pasito es española: un paso es una representación (recuerde el paso de las aceitunas). Se le llamaba originalmente “el paso de Belén”. En países como Colombia o Perú quedó solo “el Belén”. En Costa Rica, nos quedamos con “el paso”, que devino en “el pasito.”

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