Una santa costarricense

Dennis Meléndez Howell,  Diario Extra, 30 de octubre de 2007

Flora BarbozaDesconozco cuáles son los mecanismos y, sobre todo, los criterios, con base en los cuales la Iglesia Católica designa los miembros del santoral. Recuerdo que, en mi niñez, por instancias de los padres dominicos de La Dolorosa, se intentó promover a beatitud, en la idea de que avanzara hacia la santidad, a una niña llamada Marisa. Ignoro si el proceso avanzó o se cebó para siempre.

Hace 5 años, el 5 de noviembre de 2002, falleció Flora Barboza. Ella, era todo un icono entre la gente pobre de Paso Ancho: profundamente religiosa, muy cercana a los oficios eclesiásticos y a los clérigos. Insigne rezadora, que no negaba un padrenuestro extra por el ánima de cualquier difunto, o por el alivio de las benditas almas del purgatorio. Quizás en esto, se ajustaba al modelo de una persona beata, de reconocida vida cristiana. Dirán algunos que eso no le daría méritos suficientes para ser elevada a los altares católicos.

Sin embargo, hay una parte de su vida que pocos conocieron. Flora no sólo era fiel practicante de los rituales religiosos, sino que hacía de su vida, un testimonio permanente de lo que debería entenderse por vivir el amor de Dios. No fue una persona de recursos, y a pesar de que era pobre, nunca le faltaba algo para regalar a quienes lo necesitaban con urgencia. A pesar de su limitación física, era asidua visitante de hospitales, hospicios y ancianatos, para llevar compañía, y cuando podía, hasta un gallito, a las personas abandonadas o que más lo necesitaban. Si sabía de personas desamparadas, especialmente en la etapa terminal de sus vidas, no era inusual que fuese más allá, y las llevara a su casa, para que murieran con dignidad. Mi hermano solía decir que “Flora siempre andaba recogiendo muertos ajenos”. Y toda esta labor, la hacía de manera silenciosa, “sin que la mano izquierda se enterara de lo que hacía la derecha”.

Y claro, para muchos, quizás, Flora no calzaría en el estereotipo de santidad tradicional: por su carácter jovial, su manía de hacer chistes picantes y, en una época pasada, hasta por su apertura a tomar uno que otro traguito. Era proverbial la capacidad que tenía de burlarse de si misma. ¡Con qué orgullo contaba de la vez en que un cura de La Dolorosa, interrumpió un cántico, y dirigiéndose a ella y otras damas que la acompañaban, les pidió: “no cantéis, porque desentonáis”! Pero si recorremos la historia de la santidad, nos daremos cuenta de que, si nos propusiéramos encontrar defectos en los grandes santos, incluso, de la más reciente, la madre Teresa de Calcuta, alcanzaría para llenar más de una página.

Su labor fue suficientemente silenciosa como para nadie haya recogido el reto de promoverla a la santidad. Talvez nadie le pide nada, como a la Virgen Negra. Pero si tuviese que pensar en una santa costarricense, pensaría en ella.

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