Un verdadero soldado es quien ama la paz

Guisselle Meléndez

No eran tus guerras, ni siquiera era tu país. Nunca quisiste entrar en el ejército. Lo único que deseabas era convertirte en piloto de helicópteros. Y esa situación de guerras inútiles, hizo que perdieras a Ginet, la gringa soldado quien fuera el amor de tu vida; y, a Jorge, tu amigo operador de radio de origen puertorriqueño. Pero tu padre, un eminente médico cirujano de la Unidad Mahs de la Medical Airsupply Hospital, del ejército norteamericano, quería que también estudiaras medicina y te enlistaras en ese país del Norte. Porque él es norteamericano, pero tu madre es costarricense, igual que vos y tu hermano, con quienes vivías por temporadas en Estados Unidos y Costa Rica.

“- Deseo que te enlistes, si realmente quieres ser piloto, te tienes que enlistar”.

“- ¡Qué pereza!. Pero, ¡ni modo!…”

Y por tu conocimiento del Inglés, por vivir a ratos en Estados Unidos y por ser hijo de un médico solado norteamericano, entraste fácilmente al ejército.

Fue en 1988- Apenas tenías 18 años. Te enlistaste en Fort Bragg, Greensboro, Carolina del Norte, y empezaste a llevar cursos básicos de infantería. Y según tus propias palabras, te convertiste en un soldado estúpido que solo deseaba ser piloto de helicópteros.

Hacías todo mal, eras un soldado desaliñado y tosco. Con tal de no salir a entrenar, le tomabas el pelo a tus sargentos, quienes, enojados, te enviaban a lavar baños y a cocinar.

“- Tiene que estar presentable y llevar sus armas como debe de ser”.

“- ¡Está bien mi sargento! “ Y un día decidiste ponerle un listón rosado a tu arma para que estuviera “presentable”…

“- ¡Soldado estúpido! ¡Váyase de aquí! Vaya a lavar baños.”

Así transcurría el tiempo, entrenando, a veces, y aprendiendo a pilotear helicópteros, que era lo que realmente querías. Y luego, te enviaron a Panamá, a la base que el Gobierno gringo tenía en ese país. Te escogieron ese país para que no tuvieras problemas para desplazarte a Costa Rica las veces que lo necesitaras y fuera posible.

20 de noviembre de 1989. El gobierno norteamericano ordenó el operativo “Causa Justa” para derrocar al presidente panameño, general Manuel Antonio Noriega, Comandante en Jefe de las Fuerzas de Defensa de la República de Panamá, requerido por la justicia estadounidense, acusado del delito de narcotráfico. Pero la tensa situación venía desde 1984, cuando las relaciones con los Estados Unidos se habían deteriorado a raíz de que Noriega exigió y consiguió el cierre de la Escuela de las Américas, en territorio panameño. En dicha academia se formaban militares latinoamericanos que recibían instrucción bélica por parte del Pentágono, con un marcado contenido político anti-comunista.

Eran las siete de la mañana cuándo al Pelotón Décimo Sexto Batallón de Infantería, al que pertenecías, le fue ordenado trasladarse al barrio El Chorrillo, dónde se gestaba el derrocamiento, pues allí se encontraban las oficinas del General Noriega.

Tu sargento Mayer ordenó abrir fuego contra todos los que estuvieran allí. Tenían que enfrentarse a “los ejércitos de la dignidad” que eran representantes de la sociedad civil y nacionalistas, y contra los militares del General Noriega.

Ustedes no estaban acostumbrados a la guerrilla urbana y tu batallón estaba siendo acribillando. Tu novia, Ginet, una piloto de helicópteros y maestra en armas, iba adelante, en una trinchera. Tu amigo Jorge, operador de radio, apuntaba con “láser” para protegerlos a ambos.

Ginet abrió fuego, “dos a las tres, dos a las tres” gritaba a sus francotiradores.

Murió acribillada y, según cuentas, nunca aparecieron sus piernas.

Corrías con Jorge y, en término de segundos, a él le destaparon la cabeza- “- No fui yo” fue lo único que pudiste decir.

En ese operativo perdiste a tu novia y a tu mejor amigo. A ti, solo te pegaron un balazo en una pierna.

El operativo duró solo un día. Se perdieron 23 vidas de militares norteamericanos, incluyendo a tu sargento Mayer y, según los reportes oficiales, más de 6.000 panameños murieron, contando a civiles. Pero se concretó el derrocamiento.

Seguiste al mando, siendo un soldado raso. Vigilando a los prisioneros en pequeñas celdas de latas de cinc, con órdenes de no dejarlos solos ni un instante. Llegó un soldado, cuyo nombre no te acuerdas, solo recuerdas que es un general de 4 estrellas que luego participó en “Operación del desierto” en Irak.

“- !Abra las celdas!”

“- No puedo”. Te empujó y te puso una ametralladora en la cabeza y te ordenó abrirlas, si no te volaba la “jupa”. Aún así, no le hiciste caso y tuvo que marcharse.

“- No sabes con quien te estás metiendo”, te advirtió.

Tu postura de obediencia a tus superiores, te valió un ascenso.

Ya dejaste de ser un soldado raso y te convertiste en sargento, por llevar tus obligaciones más allá del deber, según tus propias palabras. Llegado el momento, pediste la baja con grado de clase.

Hoy tienes 41 años y ejerces el periodismo en Noticias Repretel. No pongo tu nombre porqué así me lo pediste.

Te dices convencido de que las guerras no valen la pena. Lograste pilotear helicópteros, es cierto, y hoy combinas esa pasión con el periodismo. Hoy recuerdas, con nostalgia, la pérdida del gran amor de tu vida y de tu amigo. Y ni qué decir de los civiles inocentes.

“- Un verdadero soldado es quien ama la paz”, repitiendo lo que dijo un pensador norteamericano. Dices que es muy diferente enlistarse en un ejército para aprender a pilotear helicópteros, a tener que vivir guerras inútiles. Hoy aseguras que no tienes traumas emocionales ni físicos, pero afirmas que es mejor ser un soldado amante de la paz, que un asesino a sueldo, legalizado por intereses contrarios a la vida humana.

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  1. #1 por khrisnamerh el 1 junio, 2012 - 7:26 AM

    Que tía más verdadera

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