Primos y amigos: un recuento de vida

   En ocasión de los 80 años de Oscar Meléndez Jiménez

Óscar MeléndezPara la celebración de los 80 años de Oscar Meléndez, primo y amigo de toda una vida, se me pidió que redactara algunas anécdotas relacionads con su vida. En este escrito recojo parte de lo que pude recordar de lo que fue las peripecias de nuestra amistad, prácticamente desde que tengo uso de razón.

A raíz de un incidente que se presentó una vez en que, habiendo recién partido mi hermana Leda para Francia, envió una postal a mis primos Howell, la cual encabezó con la frase: “queridos amigos”. Los primos se mostraron resentidos porque los llamó amigos y no, como ellos hubiesen querido, “primos”. A partir de allí, mi mamá tejió una explicación, se me hace que un poco ad-hoc, pero muy cierta. Ella solía decir: “hay primos que son amigos, mientras que otros no lo son”. Nosotros hacíamos chota del asunto, completando la frase de manera tautológica: “hay primos que son amigos, y amigos que no son primos”. Pero, a pesar de todo, los años me han enseñado la verdad de aquella justificación: hay primos que, antes que familiares, son amigos. Y eso lo plasmo en mi amistad de toda una vida con Oscar Meléndez.

La casa de Tibarturo

Es muy difícil, para mí, a estas alturas de mi vida, precisar el momento en que adquirí conciencia de que Oscar existía y formaba parte de nuestra familia.

Tengo vagos recuerdos de mi infancia, de eso hace más de 50 años, de cuando me infiltraba por los alrededores de la casa de Tibarturo (así le decíamos al Tío Arturo Meléndez, papá de Oscar), que se me aparecía como una casa enigmática y misteriosa. En el callejón de la entrada norte, al costado derecho. visto desde la casa, estaba el galerón, para uno lleno de sorpresas que era el taller de ebanistería de Oscar, justo detrás de la casa de Héctor. Al lado del taller estaba el caminillo que llevaba a la calle principal de Paso Ancho, hasta la casa de “Lala la de Morales”.

Por entonces, la calle principal aún era empedrada, mientras que la que salía desde la casa de “Tía Nina” hasta la casa de Ticia, era de tierra. Al final de esa calle, había un portón y un sendero que también llevaba a la casa de los tíos y a una casa verde, con un corredor que se me hacía muy elegante, de piso rojo muy limpio, que era la casa de Alfonso. Más hacia arriba de la casa de Ticia, solo había un callejón que dividía algunas propiedades de mi papá con las de Tibarturo y que llevaba hacia “El Infiernillo”.

Todo ese complejo urbanístico que rodeaba la casa de Tibarturo me hacía soñar un laberinto que, a mi estrecho conocimiento del mundo de entonces, se me asemejaba al ideal de una gran ciudad. Soñaba despierto con tener un carrito de montarse, y poder recorrer en él aquellos caminos miniatura.

Amigos sin darnos cuenta

La razón principal por la cual me gustaba andar por allí, era el llegar al taller de Oscar, ya fuera por aserrín, por colochos de madera o por tuquitos, para poder hacer carritos con ruedas de chapas de Imperial o de kolas.

De vez en cuando, cuando Oscar me veía recogiendo pedacitos de madera, o uno que otro clavo, tomaba un pedazo de madera y lo cortaba en pedazos pequeños, para que cumplieran mejor su tarea de emular un carro. Y siempre me intrigaban las argollas de hacer ejercicios, que tenía en su taller. Eso era inusual en el vecindario, en épocas en que hacer ejercicios era cuestión de vagos. Recuerdo haber acompañado alguna vez, por ahí,  a Ramiro y a Verny, quienes presumían de competir con Oscar por sostenerse en las susodichas argollas. También asocio en mi memoria esos hechos con la figura de Ibo.

Las reuniones dominicales “allárriba”

Quizás de los recuerdos que se me aparecen en el recorrido por las neuronas de mi memoria, el más destacado, de los años cincuenta, es el de las reuniones de “allárriba”.

Creo que empezaron desde que Myriam y Rodrigo eran solteros, o poco después de su matrimonio. L, los domingos por la tarde, se organizaban reuniones de “viejos”, para oír música de Los Churumbeles o de André Kostelanetz, en discos de 72 revoluciones, con la participación de Vin, Ramiro, Rodrigo, Oscar, José Luis Jiménez y, de vez, en cuando, de Porfirio Valverde.

En medio de las tertulias, jugaban naipe o dominó, ese extraño juego incomprensible para una mente que no podía comprender qué significaban aquellos puntitos blancos sobre unos tuquitos negros.

Myriam preparaba café, para lo cual nos mandaba a comprar pan de bollitos a La Providencia o a La Única. Poco después del matrimonio de Myriam y Rodrigo, compraron refrigeradora, y eso le permitía a Myriam preparar gelatinas de capas de colores, que no volví a ver nunca en ninguna otra parte, y que las repartía en esas reuniones dominicales.

Gracias a la intervención de Ramiro, a mi me dejaban entrar a la casa, pero eso sí, sin zapatos, que eran de uso exclusivo dominical, pues siempre los andaba llenos de barro. Ramiro me enseñó a pararme de espaldas a la pared, quitarme los zapatos y dejarlos en esa posición, para después, volvérmelos a poner, y así no confundir el izquierdo con el derecho.

De vez en cuando se aparecían en esas reuniones, además de Myriam, Aura y Nydia, algunas amigas de ellas, dentro de las cuales estaba Dora Obando.

Tengo marcada en mi memoria, alguna vez que Oscar y Dora estaban sentados alrededor de la mesa del comedor que Myriam les dijo: “y ustedes dos, ¿porqué no se casan?”. Quizás ese no fue el inicio de la atracción entre ellos dos, pero a mi se me apareció como una magnífica idea, la cual, finalmente se concretó, y para mi pobre entendimiento, aquello había sido obra de la sugerencia de Myriam.

Una consideración inusitada a los chiquillos

Creo que en esas reuniones empezó a aparecer mi respeto y admiración por Oscar, quien se transformó, conforme avanzaban los años y nuestras edades convergían, en una gran amistad.

Y es que, por aquel entonces, los chiquillos éramos seres inexistentes para los mayores. De hecho se consideraba irrespetuoso preguntarles algo. Las únicas dos personas para quienes no regía esa regla, eran mi hermano Ramiro y Oscar, quien siempre conversaba con uno, con una seriedad y respeto, que uno se sentía parte de los adultos. Téngase en cuenta que, cuando yo nací, ya Oscar rondaba los 22 años de edad.

Mi mamá le tenía mucho agradecimiento a Oscar, pues era la persona capaz de solucionar todo: se quebraba una silla o un mueble, iba para donde Oscar; había que cambiar los “fiúses” de la “cucaracha”, Oscar era la persona a recurrir. ¿Cuántas veces nos ayudó a acomodar las tejas de la casa después de un temblor o a reparar una puerta que se estaba cayendo?

Una fiesta inolvidable

Yo me di cuenta de que efectivamente Oscar se iba a casar cuando un día pasé por el callejón que quedaba “pararriba dionde Ticia” y estaba Oscar, con algunos trabajadores, haciendo una casa de madera. Cuando le pregunté, me dijo que esa iba a ser su casa, pues se iba a casar. ¡Qué maravilla, que un chiquillo de 6 o 7 años pudiese preguntarle a un adulto una cosa de esas y que éste le contestase de igual a igual!

Y definitivamente, lo que más grabado quedó en mi memoria fue que pude asistir a su matrimonio. Nunca me quedó claro si podía ir o simplemente fui de colado. Creo que fue en la Iglesia de San Cayetano, por allá por donde quedaba el basurero municipal, cerca de la Maternidad Carit.

La fiesta en la Casa Italia, en un segundo piso al frente del Balcón de Europa. Para mi, ir a una fiesta de matrimonio a esa edad fue algo que me hizo sentir muy importante. Fue la primera vez que probé los cachitos de paté y las canastitas de atún, cada una con una ramita de perejil. Más que un manjar que aún hoy, a pesar de que ya están pasadas de moda, disfruto tanto. Supongo que para el brindis sirvieron champagne, algún vino espumoso o sidra, pero a mi me dieron, en una copa igual a los demás, un fresco de frutas con sirope. ¡Qué rico, aquello sabía a kola!.

Tengo un reclamo

Recién casados, Oscar y Dora invitaron, una noche, a doña María a tomar café a su casa. Desde luego que, como yo era el cumiche, la acompañé. Valga la ocasión para reclamarles que, ese día, Dora sacó la mantequilla, que guardaba en una especie de trinchante que estaba a la par de la mesa, y apenas le untamos un poquito a las galletas de soda, la guardó. Yo me quedé con ganas de ponerle mantequilla a las galletas dulces, las de panadería.

El camión del dulce

Un detalle que cultivaba aún más nuestra admiración por Oscar: era que no sólo sabía manejar, sino que tenía un camión.

Recuerdo el camioncillo rojo de cajón de madera, que usaba para transportar madera y cuanta cosa se necesitara, y que usaba para repartir dulce los sábados. Siempre al final de la tarde pasaba por nuestra casa a dejarnos las dos tamugas para la aguadulce de la semana, que no podía faltar para acompañar la olla de carne diaria. Y es que claro, decía doña María, Oscar sí sabía escoger el dulce, pues siempre era “rubio” y grande, no como aquel que vendían en las pulperías, que era “quemado”.

Durante algún tiempo, Verny, quien se había concertado como aprendiz de ebanistería, lo acompañaba, también, en la tarea de repartir dulce, cosa que me causaba gran envidia. Finalmente, algún sábado, me permitieron acompañarlo. Solo recuerdo que el recorrido iba por los alrededores de San Antonio de Desamparados y Patarrá. Yo aprovechaba la primera oportunidad que tenía para arrancarle pedacitos a las tapas de dulce, para ir comiendo. ¿A quién le tocarían esas tapas de dulce mutiladas?

Y ese camión de Oscar era parte de nuestras vidas. Así como hacíamos con Vin y su camioneta, cuando Oscar llevaba el camión a “allárriba” (supongo que porque tenía que llevar algo), una de las cosas maravillosas para nuestra mente infantil, era esperar a que saliera, para que nos montara en el cajón y entonces nos llevaba hasta su taller, que le servía también como garaje. Aún recuerdo la sensación de ir en el cajón y sentir el golpeteo del viento en la cara. Esa era una de los mejores experiencias que uno podía tener el privilegio de gozar.

Mi primera comunión

En tiempos en que quienes de vez en cuando teníamos un diez para comprarnos un gato o un helado de leche agria en La Estrellita del Sur, tener una peseta era simplemente ser rico.

Por esta razón, me resulta inolvidable que, el día de mi primera comunión, en lo que por aquel entonces era la recolecta obligatoria, fui a visitar a Tibarturo. Mi gran felicidad fue que, estando Oscar por ahí, se metió la mano a la bolsa y sacó una chapa de dos pesos. ¡Dos pesos! Esa cantidad era impensable, y tanto me entusiasmó, que ahí mismo terminé mi ronda de colecta. Esos dos pesos todavía los tengo en un lugar imborrable de mi memoria

El camión de todo

Y es que ese camión de Oscar fue legendario, pues era vehículo de carga al que se recurría cada vez que había que transportar algo. Y siempre estaba dispuesto a colaborar.

Recuerdo una de las veces en que Nydia se fue de la casa de “allárriba” y se iba a trasladar a vivir a la casa de una amiga en Quesada Durán. Oscar se encargó de la mudanza. Y todos los chiquillos, montados en el cajón con todo el chunchero, acompañamos el traslado una noche, con la infausta nueva para Nydia, de que cuando llegamos a la casa, ésta estaba cerrada con candado. Entonces, nos devolvimos a Paso Ancho y Nydia se pasó a vivir con nosotros en la casa de “allábajo”. Era de admirar la paciencia con que, de manera resignaba, Oscar aceptaba todo ese trasiego.

Cuando nuestra familia tuvo que salir, intempestivamente, de Paso Ancho, aunque en esta ocasión se contrató el camión grande de Carlos Monge, Oscar fue uno de nuestros principales apoyos en el traslado, y hasta ayudó a cargar el camión, a desarmar algunos muebles, y a instalarnos en la nueva casa. Lo recuerdo ayudando a desmontar la cocina de leña, para llevarla a la casa de Fiat, en la calle 14 de San José.

Un segundo reclamo

Me imagino que era inusual pensar en tener cocina de leña en una casa del centro de la ciudad, pero hasta allá la llevamos. Claro, y es que como vivíamos cerca de la Dry Cleanning, de allí obteníamos la leña, de la misma que se compraba para alimentar la caldera que proveía el vapor para las planchas.

A mi me correspondía ir a traer la leña, en un cajón de madera que arrastraba por toda la acera de la cuadra. Para facilitar esa labor, pensé que lo más fácil sería ponerle unas ruedas de madera. Pero por más que intenté, con mi sierra de calar, de hacer ruedas redondas, fue imposible. Por eso le pedí a Oscar que me hiciera unas. Todavía las estoy esperando y no he perdido la esperanza que algún día las haga.

Un memorable majonazo

Después de dos años de vivir en la calle 14, nos fuimos a vivir a Barrio México, frente al Liceo de San José. Oscar fue entonces nuestra principal ayuda para el trasteo. Aún lo recuerdo, sudando la gota gorda subiendo los roperos por las gradas e intentando darles la vuelta por la curva que estas tenían. En determinado momento, cuando se intentaba subir la mesa del comedor, antigua pieza que había sido hecha por Pepe Jiménez, al dar esa famosa curva, la machacó el dedo a Oscar, hasta hacérselo sangrar. Siempre recuerdo que, a pesar de eso, continuó ayudando en aquella, tan complicada labor.

A la amistad se unió la profesión

Ya en esa nueva casa, Oscar nos hizo varios muebles, incluyendo una biblioteca para Henry; otra, forrada en formica, para Leda; y cuando estrenamos la novedad del teléfono, nos hizo un sillón para la sala, con un brazo con mesita estilo pupitre, pero con el sobre hacia fuera, para colocar el aparato. Además, nos arregló un histórico diván, que habíamos heredado de Myriam, y que venía desde los años cincuenta, y no recuerdo si era la cama de Vin o de Ramiro en la casa de “allárriba”

Pagrino

La relación de Oscar con nuestra familia se estrechó aún más, a raíz de que aceptó ser padrino de Rodrigo Eugenio, el mayor de los Marín. Eso significó que siempre estuvo presente en las festividades familiares, incluyendo, desde luego los cumpleaños de Rodri, y por carambola, de las chiquillas que vinieron luego.

En las fiestas de nuestra familia, en los rosarios y hasta en los funerales, que después de un tiempo se hicieron tan frecuentes en nuestra casa, siempre hubo dos personas infaltables: Oscar Meléndez y Flora Barboza. Y esto perduró, hasta donde tengo memoria, aún cuando ya había muerto mi mamá, y mis hermanos y don Ramiro, se fueron a vivir a La Florida de Tibás. Miles de fotos familiares así lo atestiguan.

Para el primer cumpleaños de su ahijado le regaló un escusadito de madera, con una bacenilla plástica. Eso se convirtió en una pieza histórica en la casa de los Marín, que sirvió para el entrenamiento en faenas corporales de todos los hijos, y sobrevivió por muchos años. Supongo que a la muerte de Rodrigo, en años recientes, una de las cosas que deben haber liquidado, junto con el roperito, que también hizo él.

Visitas a la antigua

A principios de los años 60, aún no había teléfonos en nuestras casas. Prevalecía, por razones obvias, la costumbre de las visitas inesperadas, lo cual no solo se consideraba normal, sino casi una etiqueta. Oscar mantuvo esa costumbre siempre.

Así es que no era extraño, cualquier fin de semana o alguna tarde, ver aparecer a Oscar, ya fuera por nuestra casa, en Barrio México o por la casa de Myriam, en Zapote.

Cuando se complicaba la situación de la comedera, porque había más gente de lo que la olla podía alimentar, entonces Oscar, disimuladamente me daba un colón quince, para que me fuera soplado a la pulpería a comprar una sardina Del Monte, que bien ayudaba a arrimar algo más para reforzar el menú de la concurrencia.

Clemencia iba a visitar a Myriam a Zapote, al menos una o dos veces a la semana, generalmente, en compañía de Miguel o mía. Por lo tanto, no era extraño que coincidiéramos con Oscar allí. En los tiempos en que todavía tenía su camión, el cual, creo ya había cambiado, a mediados de los 60, era una felicidad encontrarlo allí, pues ya uno sabía que, nos iba a llevar, por lo menos hasta San José, donde nos dejaba en los alrededores del Parque Central, para poder coger el bus de Barrio México, y a veces, seguro cuando no tenía mucho sueño, nos llevaba, primero a donde Fiat, e incluso, a veces, hasta Barrio México.

Abandono del oficio de ebanistería

Cerca de 1967, Oscar nos contó que había decidido cambiar de oficio. Se había metido a estudiar electrónica, abandonaría la ebanistería y se dedicaría a arreglar televisores. El rótulo de Taller de Televisión apareció en su casa. Siempre vi aquello con cierto gusto amargo, pues si por algo era Oscar famoso, era por su habilidad en el trabajo de la madera.

Por muchos años semiabandonó la ebanistería y se dedicó a su nuevo oficio. Eso, sin embargo, no fue obstáculo para que, cuando llegó mi propio momento de casarme, él se ofreciera a hacernos los muebles. Le adelantamos 20 mil colones para que comprara una tuca de donde sacaría la madera.

Fue así como nos hizo todos los muebles que, Ana y yo, usamos en nuestra primera casa en Jardines de Tibás, recién casados: el juego de dormitorio, los closets, el juego de sala y el de comedor. Nos hizo el mueble para el fregadero y el botiquín del baño, que había sido el regalo de matrimonio de mi mamá. También los muebles de cocina y un mueble para la pila de atrás, para guardar la lavadora.

Todero

Oscar se convirtió para nosotros, ya como pareja de recién casado, en nuestro principal asesor para todo, pues era la persona a quien consultábamos todo lo que teníamos que hacer en la casa. Fue él quien nos sugirió que, en vez de comprar zacate, sembráramos semilla. Claro que, seguro por mi mano, o por la abundancia de pájaros, lo único que llegó a germinar fue la pitilla. Él nos asesoró cuando decidimos construir la reja del frente. Incluso, nos compró el hierro en Abonos Agro y se lo llevó al rejero en Cinco Esquinas.

La primera ausencia

Perdimos contacto cuando me tocó irme a estudiar a Chile, pero a mi regreso, como decidimos que era hora de ampliar la casa de Jardines, él siempre estuvo de asesor en la construcción y en la elaboración de los muebles de la nueva cocina. Además, de él aprendí a trabajar las tuberías de PVC, pues nos ayudó a hacer todas las nuevas conexiones.

Los primeros intentos agrícolas

Recién llegados de Chile, compramos un terreno en Santa Ana, y con Oscar nos fuimos a reforestarlo. Claro que la tierra era dura como piedra, y la siembra de los arbolitos que él nos regaló, nos costó casi sangre. Me recuerdo, sudando la gota gorda abriendo huecos en aquel terreno tan desagradecido y rebelde, con un pico y una macana.

Para colmo, ni siquiera habíamos llevado agua. Pero a pesar de todo, sembramos bastantes arbolitos. La tristeza fue que, uno o dos años después, cuando muchos de esos arbolitos habían empezado a crecer, alguien prendió fuego al monte y todos los árboles se perdieron. Desde luego que, Oscar no mostró mucho entusiasmo por repetir la labor. Tuvimos que contratar a un jardinero local para hacerlo.

El que no quiere caldo

Siempre que se trataba de pegar cuadros, dado que él tenía taladro, nos ayudaba abriendo los huecos para poner los tacos spander y los ganchos.

Algo no salió tan bien cuando nos estábamos reinstalando en la casa de Jardines. Quiso ser tan exquisito en la nivelación de los cuadros, que se puso a tirar líneas con lápiz por todas las paredes. Al final, los cuadros quedaron perfectamente alineados, pero las paredes con rayas por todo lado, las cuales no se pudieron borrar.

Como resultado, tubo que pintar las paredes completas, y al final, terminamos pintando toda la casa, pues conforme pintábamos una pared, nos dábamos cuenta que la que seguía se veía sucia.

Chistero aficionado

Por lo tanto, Oscar se pasaba largos períodos trabajando en nuestra casa. Aunque no siempre sus chistes eran buenos, siempre los disfrutaba, y hacían muy llevadera las faenas, muchos por no ser tan malos, algunos por lo tontos.

Además, de aquellas interminables faenas y conversonas, aprendí muchos de sus dichos, como aquel de decir que algo quedó “a tres piedras” cuando quedaba muy bien. Luego descubrí que había, en Pérez Zeledón, un lugar que se llama “Tres Piedras”, lo que vino al pelo con ese cuento. Y una expresión que uso hasta el presente, que es cuando terminaba de hacer algo y le parecía bien hecho o, a veces, como sarcasmo porque no había quedado tan bien, decía: ¡qué liiiindo!

Mi segunda y más larga ausencia

De nuevo perdimos contacto de 1985 a 1990, cuando me fui a estudiar a Estados Unidos. Pero al regreso, vino la tarea de construir la casa de Moravia. Para esa casa también nos hizo varios muebles, e incluso algunos closets adicionales.

La era Bajamar

Entrada casa de Bajamar
Entrada casa de Bajamar

Pero la mayor amistad se dio a partir del momento en que adquirimos un terreno en Bajamar, en 1994. Casi todos los fines de semana nos íbamos para allá con él, junto con nuestro hijo Alberto, quien por esa razón, se hizo muy amigo de Oscar, y todavía, después de tantos años, le guarda mucha estimación, a pesar de que desertó de nuestra compañía después de varios años de acompañarnos.

El entusiasmo de Oscar con aquel pedazo de tierra fue muy grande, y lo tomó como propio. Desde entonces, fue nuestro infaltable compañero dominical. Aún cuando no teníamos casa, él se dedicaba de lleno a trabajar entre el monte y el barro. Luego construimos la casa, e íbamos casi todos los domingos, a veces desde el viernes en la noche y nos regresábamos el domingo por la tarde o la noche.

Él se levantaba muy temprano y se iba a trabajar al cerco, a regar todos los arbolitos en el verano, a podar las plantas, a sembrar árboles o matas, y a todas las demás artes agrícolas. A eso de las 7 de la mañana venía a hacer el jugo de naranja y luego, como a las nueve, desayunábamos.

Tenía la costumbre de trabajar sin camisa, bajo el sol, por aquello del calor. Yo me propuse llegar a acostumbrarme a lo mismo, y al final, lo logré, pues ya era capaz de trabajar todo el día bajo el sol, sin quemarme. Al cabo de los años he lamentado haberlo intentado imitar, pues el cáncer de piel me ha andado rondando.

Gracias a él, allí tuvimos papayas en abundancia, así como yuca, y maíz. Por varios años sembró frijol gandul, el cual se daba muy bien, pero un día se aburrió y cortó lo que quedaba, seguramente por lo complicado de su cosecha y alistamiento.

Nos ayudó a cultivar chiles picantes, a partir de unas semillas que trajimos de México, y hubo enormes cosechas de chile guajillo y algo de pasilla. No faltaron las cosechas de frijol corriente.

¿Jupón?

Era de antología su empecinamiento en hacer pegar, en aquel clima, los árboles de guayaba y sobre todo los de pitanga. Aunque algunos dieron esperanzas, jamás llegaron a prosperar. Plantó todo tipo de árboles, la mayoría almacigados por él: tamarindo, de guapinol (que tanto estimo), de pejiballe, algunos de los cuales ya están creciditos;. de limón mandarina (que se da en sobreabundancia), de llama del bosque (que tanto combatí pero que he aprendido a apreciar) y sobre todo, sus siembras de plátanos y guineos. Algunas de las guanábanas le han sido agradecidas. Los limones dulces prosperaron y dieron cosechas abundantes, pero de pronto murieron.

Tendría que llover tres días seguidos

Desde luego que, como en toda actividad agrícola, nunca faltaron los contratiempos, como la vez que tenía una frondosa milpa, ya con elotes bastante desarrollados, y llegué de improviso un viernes por la mañana, y me encontré una manada de monos haciendo fiesta con la milpa. Al final rescatamos 18 elotes.

Pero la más memorable anécdota fue una vez que tenía una siembra de frijoles, de un tamaño bastante regular. Un domingo, a mediados de noviembre, me dijo que ya los frijoles estaban, pero que no los iba a recoger ese domingo. Le pregunté que si no sería peligroso no recogerlos, pues aunque había dejado de llover, podría caer algún aguacero. Él me contestó que no era necesario, que para que se echaran a perder tendrían que llover tres días seguidos. Esa semana que siguió llovió, no tres días, sino siete días seguidos (impactó uno de aquellos famosos huracanes). El siguiente fin de semana, si acaso recogió media libra de frijoles, y con mucha dificultad.

Matando la culebra

Una de sus principales artes por aquel lado era su habilidad para matar culebras. Nunca faltaba, una que otra compañía ofídica, por dicha nunca dentro de la casa, pero sí en las bodegas de atrás o en la de la piscina, o filtradas entre el monte o en la base de algún árbol. De él aprendí que la mejor manera de matar un bicho de eso es dándole un palmazo por la mitad, nunca con el filo, para quebrarlas y luego matarlas por la cabeza. En esas lides pasaron multitud de terciopelos, una que otra cascabel y muchas otras variedades. Ante ellas, aprendimos a ver los escorpiones como simples juguetes.

La fauna nos acompañaba

No nos faltaron las visitas de pisotes (que tantos desmanes hacían a las papayas), garrobos e iguanas, osos hormigueros, lapas de todos colores, guacos y todo tipo de pájaros, que él se empeñaba en identificar por su canto; de millones de cangrejos que atravesaban la propiedad, en mayo. Por las noches de invierno, era lindo escuchar los cuyeos, la multitud de grillos y, a principios del invierno, ensordecedores coros de ranas. A veces hacíamos fogatas y nos sentábamos al frente de la casa.

Los entremeses

Nuestras horas favoritas por allá, eran las del mediodía, cuando el sol y el calor arreciaban, que nos sentábamos en el corredor a ver el mar o los árboles, a tomarnos uno que otro traguito, acompañándolo con galletitas de soda, sardina o atún. O bien, por la tarde, ya fuese a ver la lluvia o a contemplar el atardecer, también acompañados de algunos espíritus. Por las noches, Oscar preparaba sopa o bien, avena. Cuando hubo cosechas, cocinaba elotes. Recién pasada la época de navidad llevaba tamales o queque de frutas.

Se quedó sin su Bajamar

Creo que una de las principales decepciones que él ha tenido en su vida fue el hecho de que nosotros nos fuésemos a vivir a Colombia, pues aunque allí quedó la propiedad, sus posibilidades de ir se fueron limitando, casi solo a una o dos veces al año, cuando hemos ido por allá, y últimamente, casi ninguna. Comprendo lo que eso debe haber significado para él, no tanto por nuestra compañía, que creo que de todas maneras le resultaba placentera, pero sí por haber dejado aquel espacio de tierra caliente que tanto le gustaba.

Era tanto su amor por aquel lugar que siempre nos repetía que, a su muerte, quería que, si no lo pudiesen enterrar en aquel lugar, al menos que lo incineraran y que sus cenizas las esparcieran allí., aunque creo que últimamente ha cambiado de opinión al respecto.

Y lo comprendo, porque cada centímetro de esa propiedad tiene al menos una gota de sudor de él. Cada árbol, cada planta o cada fruta que se recoge allí, tiene todo el cariño de sus manos.

El árbol de llama del bosque que él plantó al frente, es su sello personal y mientras que yo viva, lo respetaré como tal.

Quizás regrese pronto a Costa Rica y podamos reiniciar nuestras aventuras bajamareñas

Diciembre de 2008

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  1. #1 por Minor Meléndez Zamora el 1 agosto, 2011 - 4:09 PM

    Dennis, qué buenas anécdotas. Si los sobrinos de Oscar nos pusiéramos a escribir más, tendríamos que hacer toda una biblia. Gracias por recordarnos todo lo que era mi tío Coca.

    • #2 por Dennis Meléndez Howell el 26 agosto, 2011 - 7:11 PM

      Oscar fue una persona muy especial y siempre fuimos amigos muy cercanos, a pesar de la diferencia de edades. Constantemente recuerdo nuevas anécdotas acerca de él. Trataré de escribirlas para dejarlas para la posteridad.

  2. #3 por Gustavo Meléndez el 27 agosto, 2012 - 9:15 PM

    Recuerdo mucho a Oscar, nos visitaba regularmente en Hatillo, recuerdo más su faceta como reparador de teles. La última vez que hablé con él, no recuerdo muy bien si fue en el funeral de mi tía Miriam o el de mi tío John Verny. Excelente persona y lo recuerdo con mucho cariño.

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