De confesiones y comuniones

Dennis Meléndez, 31 de enero de 2010

A pesar de que tantas dudas religiosas me embargan en la actualidad, es irremediable que en el sustrato de mi personalidad queden muchas de aquella enseñanzas que, con tanto énfasis se encargaron de meter en mi forma de ser mis padres.

Si en estos momentos me siento bastante escéptico de todos aquellos artículos de fe, especialmente respecto al Dios que nos plantean las Sagradas Escrituras, a la religión organizada o desorganizada (religión natural la llamaba mi maestra de religión) no se puede culpar, en absoluto, a mis padres. Ellos hicieron su mejor esfuerzo, pero lamentablemente un curita en Estados Unidos me dio a morder la manzana y esta invadió mi mente y mi espíritu y me llenó de dudas.

Lamentablemente, al morder esa fruta prohibida de la ciencia y la sabiduría (sin ánimos de presumir, pues me reconozco ignorante en los temas científicos, y estoy a años luz de acercarme a la sabiduría), algo que la Religión siempre ha tratado de prevenir para los mortales, perdí la felicidad que da la ignorancia (estoy seguro que sería más feliz si no hubiese pasado).

Eso me ha privado del bienestar y la tranquilidad de saber que, cada vez que tengo un problema, no es mi culpa sino “algo que Dios ha querido para mí y solamente Él sabe cuáles son sus designios y las razones por las cuales nos envía las pruebas amargas en la vida”.

He perdido la paz de confiar en que mis problemas me los solucionará esa fuerza infinita que llamamos Dios. Y me he privado de la esperanza de, algún día, irme para ese lugar que llamamos cielo, hogar de la felicidad eterna y divina.

Claro, en compensación, también me he liberado de la carga de pensar que me iré al infierno.

Y, ni siquiera llegué nunca a considerar, pues mi catecismo no me lo dijo nunca que, como dice el Antiguo Testamento, Dios castiga a los hombres en la tierra (hasta la cuarta generación). Antes, el infierno no existía y tampoco el cielo, pues Dios daba los premios en la tierra. El mayor castigo que podía enfrentar el ser humano era la muerte, y los rayos estaban a la orden del día para fulminar a todos aquellos que le despertaran la ira. (Que lo diga Onán, a quien Dios fulminó con una centella por cometer el pecado enorme de desperdiciar su semen y no usarlo para procrear).

Esas dudas y contra dudas, son muestra clara de que algo de la información religiosa se me debe haber quedado por ahí en alguna tubería que mantenía conectado mi cerebro a los abastos de la Curia Metropolitana de San José.

Hubo muchos cambios en la concepción religiosa que nunca llegaron a los países latinoamericanos, después de que fueron aprobados en el Concilio Vaticano II (por el que tanto nos hicieron rezar en las iglesias). Y nos solo eso, sino que muchos de los cambios que fueron aprobados y se asomaron alguna vez por ahí, al cabo de los años han sido desandados. Basta recordar la forma tan olímpica como renacieron mitos religiosos que dicho Concilio se esforzó por eliminar, por irracionales, tales como la imagen y el concepto del Corazón de Jesús, la Mano Poderosa, el Ojo Divino, Nuestra Señora de las Ánimas (que por cierto, hicieron la de Juan Caca, pues a la iglesia de la Avenida 10 de San José, que llevaba ese nombre, desde entonces le cambiaron el nombre por el de Preciosa Sangre de Cristo. Se suponía que la eliminación del Corazón de Jesús era precisamente para no descuartizarlo) y a varios santos, como Santa Bárbara, Santa Helena, y no sé cuantos más que nunca habían sido canonizados y, por lo tanto, sin ese requisito, no existieron

Por dicha, el famoso purgatorio (que tan buenos dividendos dio para la construcción de las grandes catedrales europeas) aún sigue desterrado, aunque en cualquier momento nos corremos el riesgo de que lo rehabiliten.

Recientemente se supo que también habían sido eliminados el infierno y el limbo, pero el Papa actual, parece que los restauró. Y no sólo eso, sino que, en una regresión histórica, parece que el Papa como que está intentando volver a las misas en Latín y de espaldas al público, los únicos dos grandes cambios, visibles para el público, que sí se hicieron en América Latina.

Bien dicen los curas que lo peor que puede hacer uno es probar de esos frutos prohibidos. Al católico nos decían, no le era conveniente (antes incluso le estaba prohibido) leer la Biblia (porque, la Biblia parece como que no dice lo que dice sino que Dios, quien fue su redactor/inspirador necesita de un traductor permanente (el cura) para que nos cuente qué es lo que en realidad dice en lo que parece decir otras cosas.

Uno de esos frutos me sobrevino cuando viví en Carolina del Norte (EUA). Todavía mis sentimientos religiosos estaban muy arraigados, iba a misa regularmente, me confesaba al menos “para Pascua Florida” y, a menudo, comulgaba.

Pero había un detalle que siempre me llamaba la atención. A la hora de la comunión, todo mundo, casi sin excepción, comulgaba. Los únicos que no comulgaban eran las personas que se sentaban en la primera fila de la iglesia, a quienes llamaban los “catecúmenos”, que luego me enteré, eran las personas de otras religiones que se estaban convirtiendo al catolicismo.

Yo me sentía muy mal, pues cuando consideraba que no debía comulgar, pues no me había confesado y por lo tanto, me quedaba en mi lugar, lo cual era motivo de que toda la gente me volviese a ver.

Un día, para salir de la duda, le pregunté al coadjutor de la iglesia a la cual asistía (Matiew Hendrick, creo que se llamaba el cura, por lo demás, terriblemente buena gente), que me explicara el asunto del porqué en Latinoamérica era exigido para comulgar “estar en gracia de Dios” y eso sólo se lograba con la confesión. De lo contrario, siempre se nos dijo, se cometería “sacrilegio” y eso sí, ya no lo podía perdonar un cura ordinario, si no que era solo potestad del Obispo o, incluso del Papa.

Le pregunté si toda la gente se confesaba antes de ir a misa y que, por eso, podían comulgar sin falta en cada misa. O si sería que todos eran tan buenos, que podían comulgar siempre. Yo me sospechaba, por mi propia experiencia, que simplemente les daba vergüenza no ir a comulgar, y preferían comprarse el pleito con “El de Arriba”, antes que pasar por el ojo incriminatorio de sus compañeros feligreses.

El cura se rió y dijo que la comunión era un acto de recordación de Jesús, tal como él lo había pedido en la Última Cena. Que no tenía nada que ver si uno tenía o no pecados. Que si se participaba de la misa, la comunión era parte de ese acto y que representaba eso, una muestra de la unión del pueblo de Dios, en recordación de esa última cena. Aún más, me dijo, ni siquiera Jesús le negó esa comunión al mismo Judas, a sabiendas de que ya lo había traicionado.

Así, era un anacronismo confundir los dos sacramentos. El de la reconciliación (moderno nombre que le encaramaron a la confesión, como si uno estuviera peleado con Dios, tal vez Dios con uno sí, pero para una pelea se necesitan dos), y que ambos eran sacramentos separados.

Hizo la siguiente relación histórica: Esas creencias eran anteriores al Concilio Vaticano II, y se habían adoptado en el Concilio de Lyons, en 1245, cuando se determinó la consagración del pan en hostia. Como ejemplo dialéctico, él se preguntaba si todos los que habían comulgado antes de ese Concilio habían cometido sacrilegio. Su respuesta era que definitivamente no.

Según su versión, el motivo por el cual se habían ligado ambos sacramentos en el Concilio de Lyons, fue estrictamente práctico y no teológico. Quizás, fue una medida desesperada de carácter  disciplinario. La gente, antes de 1245, prácticamente, se había olvidado de la confesión, y ese sacramento estaba en desuso. Esto era una tremenda pérdida de poder de la Iglesia sobre sus feligreses. Entonces se adoptó esa relación como una forma de obligar a la gente a hacerlo (como anécdota, que va muy en línea con la Iglesia, en buena parte se debía a que, en aquella época, la mayoría de las penitencias que le ponían a la gente eran de carácter pecuniario. O sea, había un interesante negocito de por medio).

Pero eso se superó en el Concilio Vaticano II, en donde fue tema de mucha discusión. Los obispos se pronunciaron en que, eran dos sacramentos distintos, que ninguno implicaba ni condicionaba al otro y que, por lo tanto, lo normal de una misa debía ser que todo mundo comulgase, para reconocer que son parte de una misma comunidad.

En Estados Unidos y muchos países “desarrollados”, así se practicaba desde los años 60. Lo normal era que toda la gente comulgase, pues quien no comulgaba, no completaba el rito de la misa, y por tanto, según los cánones eclesiásticos, era como si no hubiese participado en ella. Por lo tanto, no existe tal cosa como que uno deba “estar en gracia de Dios” para comulgar.

En Latinoamérica, los curas optaron por no hacer estos y otros cambios de un solo sopetón, sino que se pretendió hacerlos poco a poco, para no traumatizar a la gente. Claro, pensé para mí, si somos subdesarrollados, nuestra mente es extremadamente limitada para entender esas cosas tan elevadas. Nosotros somos mucho más ignorantes y era lógico que había que esperar a que las nuevas generaciones se fueran instruyendo, mientras los viejos se morían con esas creencias.

Comprendí que, en verdad, era muy peligroso, que la gente no lo entendiera y se diera una pérdida generalizada de fe.

Lamentablemente, ese poco a poco se convirtió en eternidad y nunca le llegaron los cambios al pueblo.

En mi mente limitada empezaron a surgir dudas. ¿Sería que esos cambios, por alguna razón no convenían al propio clero?

A mi mente vinieron recuerdos como el temor que siempre acosaba a mi madre, de poder cometer la terrible falta de ir a comulgar, sin saber si habría cometido algún pecadillo entre el momento de la confesión y de la comunión. Por eso adoptó como patrón solo comulgar en la Iglesia de La Dolorosa, pues allí había confesiones durante la misa, lo cual era una ventaja, pues según ella, ahí no tenía pierde, pues salía de la confesión directo a comulgar.

Y recordé muchos otros atavismos. Un día en estaba lista para ir a misa y comulgar, mientras preparaba el almuerzo, para dejarlo listo, sin darse cuenta, se comió un petit pois o guisante (un solo grano). Aquello fueron lamentaciones y llantos, pues todo el esfuerzo que había hecho (sobre todo por no regañar a ninguno de sus hijos ni enojarse con nadie) desde el día que se había confesado hasta ese día, lo había perdido. No pudo comulgar ese día pues si lo hacía, a sabiendas, el pecado sería mayúsculo, imperdonable.

Y es que antes del Concilio Vaticano II, se debía dejar de comer, al menos, tres horas antes de comulgar, pues no podía ser la hostia se mezclara con comida en el estómago u otros órganos más prosaicos. Supongo que era algo así como revolver a Dios con las más fétidas necesidades mundanas.

Después de esta conversación con el cura, decidí comulgar todos los domingos, aunque confieso, que me tenía un gusanillo de pensar que yo en realidad no era de ese medio y si, la medida con que me tasarían sería la de allí o la de mi país. Pero me reconfortaba el atractivo, de que la comunión se hacía con hostia y vino, el cual se servía en mini vasitos desechables. (¿será de allí que empezó mi afición por el vino?).

Pero irremediablemente aquello fue una semilla que germinó con gran fuerza en mi ser. Al final del tiempo me he venido a dar cuenta que, a la larga, los señores curas y obispos tenían razón con respecto a nosotros, los subdesarrollados. Mi caso personal es patético ejemplo de eso.

Esa explicación, tan racional, sincera e inocente del Padre Matiew, abrió en mi una caja de pandora, y desde entonces, empecé a cuestionarme todos los “misterios”, ritos y principios de la religión. Y aquí estoy, con mi fe hecha girones, compadeciendo a todos quienes no se han dado cuenta de todo eso, pero al mismo tiempo, lamentándome de haber perdido mi inocencia.

Si usted no ha probado ese fruto prohibido, mejor manténgase en la ignorancia. Definitivamente me imagino que se vive mucho más tranquilo. Y dichoso, esperando el día de la muerte, en que vendrán dos angelitos y se lo llevarán para el cielo (sobre todo ahora, que no se corre el riesgo de que lo claven a uno mil o dos mil años en el purgatorio). Siempre encontrará el consuelo a todos los males al decir, “así lo quiso Dios”.

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  1. #1 por Sonia María el 2 febrero, 2010 - 2:36 PM

    Hola Dennis, un cordial saludo y te digo que muy interesante tu artículo, eres muy sicero , y eso le agrada a DIOS ,EN EFESIOS 5,8,10 DICE: ! PORTAOS COMO HIJOS DE LA LUZ,DONDE FLORECE TODA BONDAD,HONRADEZ Y SINCERIDAD,EXAMINANDO QUE ES LO QUE LE AGRADA AL SEÑOR!
    para tu conocimiento ,ahora es una hora y se llama ayuno eucarístico y también si se prohibe comulgar si se ha cometido pecado mortal y el catesismo dice que la gracia santificante se pierde con el pecado mortal, por el contrario si se tienen pecados veniales,que no son necesario confesar,si se puede comulgar.Como cristianos,que recibimos la FE,en el momento de que fuimos bautizados,debemos guardar los diez mandamientos. El quinto mandamiento dice: NO MATARAS Y QUIEN PECA MORTALMENTE CONTRA ESTE MANDAMIENTO? el que a otro mata o hiere,el que se embriaga o droga, el que pone en peligro su vida y se la quita,el que ha si mismo o al prójimo desea un mal grave, y el que escandaliza gravemente.Eso dice el catesismo. Te lo transcribo, porque si quieres como cristiano, eso es vivir la FE , Y EN MATEO 19,16,17 DICE: MAESTRO QUE DEBO HACER PARA CONSEGUIR LA VIDA ETERNA ? SI QUIERES ENTRAR EN LA VIDA ETERNA, GUARDA LOS MANDAMIENTOS. BUENO DENNIS, ESTIMADO AMIGO, ESPERO NO HABERTE ABURRIDO CON ESTE MENSAJE, NI TAMPOCO POR FAVOR ME TILDES DE CURSI O SANTULONA, YA QUE SOY UNA SIMPLE CRISTIANA QUE TRATA DE VIVIR SU FE DE LA FORMA MAS AGRADABLE POSIBLE PARA DIOS Y PARA MI MISMA. Que pases un lindo día y a propósito,Lolita te envió un mensaje que se llama LAS EXPECTATIVAS?, ESPERO QUE LO HAYAS LEÍDO, ESTÁ INTERESANTE. .O si no para enviártelo. QUE PASES UN LINDO DIA.CORDIALMENTE, SONIA MARIA.

  2. #2 por Gabriela Rodríguez el 7 marzo, 2010 - 6:20 PM

    Muy buen artículo, conocí perfectamente biblia, documentos canonicos y “etceteras” por lo tanto mi sentido común me hizo pensar como vos, desde ahora me lamento… pero de que todos crean esas cosas… y vivo la vida feliz pensando en ser feliz y hacer felices a los míos… sin premio ni castigo.
    Chao!

    • #3 por Dennis Meléndez el 14 marzo, 2010 - 6:50 AM

      Gabriela,

      Gracias por tu comentario. Si uno es religioso debería preocuparse por no confundirla con mitos, irracionalidades o absurdos, como lo hacen los brujos, hechiceros, mentalistas, espiritistas, etc. Sé que el ser humano, por nuestra ignorancia de la realidad, somos propensos a buscarnos explicaciones metafísicas, que a veces rayan en lo cómico.

      Albert Einstein creía en Dios, pero en un dios que, si se quiere, había hecho todas las leyes de la naturaleza (físicas, químicas, biológicas, etc.), pero que por lo tanto ni Él mismo puede estar en contra de ellas, y violarlas a placer solo para complacer a algunos y castigar a otros. La gente cree en los milagros, pero esos no existen si van contra las leyes naturales. Para que exista un milagro, éste tendría que ser un hecho que no tiene ninguna probabilidad matemática de ocurrir, y ocurra (o sea, que vaya contra las leyes naturales). La gente se confunde pues le pide a algún santo un favor sobre algo que tiene probabilidades matemáticas de ocurrir, y este ocurre. Simplemente no fue un milagro, sino que se dio lo que tenía probabilidad (aún fuese pequeña) de darse. Por lo tanto, no es ningún hecho sobrenatural.

  3. #4 por Gabriela Rodríguez el 7 marzo, 2010 - 6:28 PM

    Ah olvidaba, con respecto a lo que dice Sonia, está equivocada y el p Matiew Hendrick, te dijo exactamente lo que la iglesia tiene tiempo de discutir en diversos concilios… son sacramentos diferentes y no es uno requisito del otro.. y sí! cambian de posición continuamente: limbo, infierno, cielo, ángeles, enviados, espíritus, resurrección, milagros, creación, evolución,bla, bla, bla… temas de discusión para mil blogs y ….si son otras religiones ni te cuento.
    saludos

    • #5 por Dennis Meléndez el 14 marzo, 2010 - 6:53 AM

      Efectivamente. La verdad no debí usar el nombre del padre Matiew, a quien le tengo mucho aprecio. La literatura sobre historia de las religiones contiene esa misma versión.

  4. #6 por Ines Piedra el 10 marzo, 2010 - 10:05 PM

    Hola Dennis! De donde salio ese cura al que acudiste? Precisamente lo que diferencia a la iglesia catolica de otros grupos cristianos es que nosotros creemos firmemente que lo que hacemos en la misa no es un mero recordatorio sino LA PRESENCIA REAL DE CRISTO EN CUERPO Y SANGRE.
    Llevo diez anos en Carolina del Norte y nunca he oido nada parecido. Por supuesto , no hay que olvidar que en todo lo que creemos es por fe y la fe es un don. En que momento y cual papa declaro que cerrado el purgatorio. Donde estaba yo que me lo perdi?
    Saludos,
    Ines

    • #7 por Dennis Meléndez el 14 marzo, 2010 - 7:05 AM

      Gracias Inés, por tu comentario,

      Me extraña que no hayas oido nada parecido a eso. Sé que sos mucho más joven que yo, pero en mi caso, me tocó vivir con gran zozobra todas las noticias que iban saliendo del Concilio Vaticano II. Cómo, por ejemplo, en aquel entonces, mi mamá (y probablemente yo, que le secundaba en religiosidad) se escandalizaba de las cosas que iban saliendo: ¿Cómo era eso de que habían eliminado un montón de santos que eran buenísimos para tal o cual tipo de favores? (dentro de ellos a Santa Bárbara y no sé cuál otro montón); no podía aceptar que hubiesen eliminado “El Corazón de Jesús” (mito sin embargo que no logró ser arrancado de la fantasía popular); increíble que ya el purgatorio no existiese y ella prefirió seguir llamando a la Iglesia de Las Ánimas así, y no “Preciosa Sangre de Cristo” que le parecía un absurdo. Respecto al diablo se dijo, había que desmitificarlo y quitarle el concepto popular de que era una especie de “dios malo”, y más bien se cambió por el concepto de “una fuerza interior que hace que obremos mal” , y muchísimos otros temas que la gente o no se enteró, o no quiso enterarse, o los curas, por conveniencia o ignorancia, prefirieron seguir alimentando los viejos mitos.

      Por lo demás, te cuento que a Matiew Hendrick lo estimo mucho. Y Él no era el único que decía esas cosas. Había varios curas en esa parroquia y uno de ellos, de cuyo nombre no me acuerdo, era también profesor de Teología en la Divinity School de Duke, y publicaba cosas en la prensa local, que para mí eran verdaderas novedades, y que por supuesto, el resto de los católicos desconocíamos, y la mayoría aún desconoce (espero, cuando vuelva a Costa Rica, rescatar algunos de esos escritos, que espero aún conservar).

      Saludos, y gracias por tu comentario,

      Dennis

  5. #8 por Ana Isabel Herrera Sotillo el 23 febrero, 2011 - 8:23 PM

    Ni la imagen, ni el concepto del Corazón de Jesús han sido eliminados. En la mayoría de las iglesias católicas existe su imagen!

    • #9 por Dennis Meléndez Howell el 24 febrero, 2011 - 7:44 PM

      A principios de los años 60, cuando se dio el Concilio Vaticano II, circularon muchas noticias sobre los cambios que se introdujeron en la Iglesia Católica. Dentro de ellos la de que muchos santos habían sido eliminados del santoral pues se había comprobado que nunca fueron canonizados. Además, muchas creencias fueron modificadas, y dentro de ellas, la del Corazón de Jesús. Eran otros tiempos, desde luego, y mucho de lo que uno oía era mediante transmisión oral y los comentarios de las señoras en sus corrillos. No puedo asegurar si todas esas cosas que se decían correspondían o no a la realidad. Así es que no sé, si estas historias respecto a los cambios ocurrieron o no, o si fueron producto de la imaginación popular.

      Muchas gracias por tu aclaración.

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