El Paso de la Vaca

vaca-movProbablemente para los más viejos, este relato es bien conocido y, de hecho, hay varias versiones. La presente es una versión que difiere, en circunstancias, de la que narra Fabio Baudrit (El Paso de la Vaca y otros cuentos). El cuento que sigue, más o menos, responde a la versión que se manejaba en mi casa en mis épocas infantiles, allá por los mediados de los 1950. Quiero simplemente recordarla para los mayores que lo han echado al olvido y que, las nuevas generaciones, se enteren de ella, si es que la desconocen. Se trata de la historia de porqué el Paso de la Vaca, se llama así.Esta historia ocurrió, presumiblemente,  a mediados o finales del Siglo XIX.  De hecho, Manuel González Zeledón (Magón) ya habla del Paso de la Vaca en su cuento La Propia, escrito en los alrededores de 1910. También lo menciona Gonzalo Chacón Trejos, en un relato sobre el padre Cecilio Umaña, en sus Tradiciones Costarricenses, relato que lo menciona como conocido con ese nombre desde antes de 1850, aunque es probable que esta sea más bien una licencia literaria. Las calles josefinas, por ese entonces, todavía tenían las hondas cicatrices que dejaban las carretas a su paso, y los grandes lodazales que quedaban después de cada aguacero. Las carretas se ubicaban en los alrededores de la Artillería, que era apenas una casona que servía de cuartel principal y que quedaba en donde hoy es el Banco Central.

Cuando se abrió la plaza principal, que vino a ser el primer mercado mayorista de frutas y verduras de la capital, las carretas se aglutinaban en sus alrededores, esperando que los clientes, los verduleros de los distintos barrios, les contratasen para llevar la mercadería a sus tiendas. Por eso, a esa plaza, que quedaba entre lo que hoy es las calles 8 y 10, y avenidas 3 y 5, se le empezó a llamar, el Mercado de Carretas. Valga aclarar que, en los años 1960, dicha plaza se remodeló y se hizo un mercado más formal, similar al Central, pero dejando en el centro, una explanada de segundo piso, que servía para los días de plaza, es decir, los días en que los productores llegaban a vender con sus productos agrícolas. Ya desde los años 40 se le llamaba el Mercado Borbón  y, por razones, de mejor conservación de las vías, las carretas se habían sustituido por los carretones, tirados por un caballo, y mucho más livianos que aquellas.

Pues bien, retomando la historia. El funcionamiento de la plaza de mercado en el sitio mencionado, empezó a atraer a distintos artesanos y obreros, quienes atendieron el llamado de la necesidad de dotar de diversos servicios a esa zona. Los alrededores empezaron a nutrirse de algunos pocos comercios, como carnicerías y almacenes (entendidos estos, por antonomasia, en aquel entonces, las  ventas mayoristas de granos, atados de dulce,  y algunos productos importados). También, apareció por allí un taller mecánico para carretas, una herrería, dos o tres ventas de comidas, una sastrería, zapaterías e, infaltablemente, una que otra pulpería, y alguna casa de mala reputación.

La ciudad empezó, entonces, a extenderse hacia el Norte. En particular, la que hoy es la calle 8, prácticamente terminaba en la esquina de la avenida 5. A partir de allí, lo que había era un camino carretero que conducía hacia los bajos del río Torres, en lo que hoy es conocido como el barrio Iglesias Flores.  Hacia 1882, vino a vivir a la zona una familia, de apellido Zambrano, de origen nicaragüense, cuya principal actividad era de zapateros remendones, y por apodo, los llamaban los bueyes. Mi papá, que era mucho menos desprejuiciado que mi mamá, solía decir que los llamaban así, pues tenían fama de ser poco dotados en sus órganos sexuales, o como socarronamente comentaba, “orinaban por un pelo”. Difícil saber cómo se enteró la gente de esa negativa cualidad de los susodichos varones  Zambrano.

Los Zambrano, compraron una vieja casa de madera como a las 150 varas al norte de donde estaba la cantina La Bomba, o sea, calle 8 y avenida 5. Allí instalaron su taller de zapatería y adquirieron buena fama por su habilidad y rapidez para reparar calzado. Muchos de los comerciantes y clientes de la plaza, aprovechaban para llevar sus zapatos a reparar allí, mientras realizaban sus actividades. Su negocio, por lo tanto, floreció sin problemas.

Una de las costumbres más antiguas de país fue la elaboración de “portales” (pesebres o nacimientos, como los llaman en otros países), los cuales se ponían en la sala o cuarto que tuviese una ventana a la calle, para que los vecinos y transeúntes pudieran verlos. Si no tenían una ventana accesible, no era inusual que mantuviesen abierta la puerta de la casa, y en la primera habitación, ponían el portal, y permitían que la gente entrara a admirarlo.

Desde luego que, las características, tamaño, figuras y lujos con que se adornara el portal, eran, de alguna manera, un símbolo de estatus. Y desde luego, el pasito era el eje central del portal, normalmente representado por las figuras de la Sagrada Familia, los reyes magos, una mula, un buey, y, si era muy lujoso, un par de ovejas y un ángel que se colgaba de la “casita del niño”.

Dada la bonanza económica de los Zambrano, decidieron una vez que iban a poner un portal a la altura de su naciente posición económica. Así es que decidieron contratar, a los mejores imagineros de Tres Ríos, para que les hicieran un pasito, con figuras grandes y coloridas.

Desde luego que aquí fue donde surgió la duda existencial de los imagineros. Enterados del sobrenombre que recibían los varones de la casa, y sabedores de la ira que les causaba escuchar aquel apelativo, se encontraron en un terrible dilema. ¿Cómo podrían manejar el asunto de no ofender, con la figura del buey, la reputación de los dueños de casa? Para evitar suspicacias, la primera idea que se les vino a la mente fue la de sustituir la figura del buey por la de un toro. Pero, para poder diferenciar bien el toro del buey, tenían que esculpirle de manera prominente los órganos sexuales al animal, lo cual, a todas luces, resultaba indecente, y sería peor el remedio que la enfermedad.

Así es que, para que no quedara ninguna duda de que no se trataba de un buey, decidieron sustituir el semoviente por una vaca. Las ubres no se consideraban ofensivas y quedaría muy claro el mensaje. ¡Esa fue la solución!

Los Zambrano, muy orgullosos del pasito que les habían elaborado, pusieron su portal en la sala de la casa y mantenían abierta, de par en par, las ventanas a la calle.

Desde luego que el asunto pasó a ser la sensación y comidilla de toda la capital. De todas partes del país, venía la gente a ver el famoso “paso de la vaca”.

Dicen que fue tal la conmoción que causó el famoso paso, y las burlas y comentarios que desató, que los Zambrano abandonaron su casa y se fueron a vivir por los alrededores del Barrio Keith (hoy, Cristo Rey).

Desde entonces, la casa de los Zambrano se empezó a conocer como “la casa del paso de la vaca”. Y por esas cosas de la costumbre popular, a la calle 8, desde la esquina del mercado de carretas hasta lo que hoy es la Botica Solera, se le empezó a llamar, “la calle del paso de la vaca”. La desaparición de la casa de los Zambrano y el surgimiento de otras calles en los alrededores hizo que al sector, como un todo se le llamara “El Paso de la Vaca”.

La historia no registra el destino que tuvieron las figuras del pasito, y mucho menos de la famosa vaca que sustituyó al buey de los Zambrano.

 

 

VERSIÓN DE FABIO BAUDRIT (El Paso de la Vaca y otros cuentos)

 

El Paso de la Vaca

 Recuerdo que una vez me hicieron ir a traer una encomienda cerca del Mercado Borbón, a unos doscientos metros al norte del antiguo Almacén La Granja, en calle ocho, avenidas cinco y siete camino a la antigua Botica Solera, Barrio México. En mis escasos once años lo que más recuerdo es que se me dijo que era por el “Paso de La Vaca” y es hasta ahora que ya sé por qué se le ha denominado con este nombre; bueno, eso creo …

¿Qué origen tiene la denominación “El Paso de La Vaca”?

Me lo contó un anciano que se las sabe todas, de esos que no pierden ni el mínimo detalle de lo visto o escuchado.

San José era una ciudad “pichoncita”, tanto que las casas, al igual que las primeras plumas, iban apareciendo aqui y allá, entre verdura y sosiego. La gente fraternizaba un tanto, pero de lejos. El rudo trabajo apenas les permitía el tiempo de hacer la colación en familia, rezar el rosario, y cuando más antes de recogerse, salir a la “tranquera”, a comentar sobre el día de trabajo y escuchar algunas viejas leyendas o historias; a la vez, el poder compartir con algún vecino o viajero que con dificultad pasara por sus casas.

Los domingos asistían todos a la misa, y las comadres hablaban ya que era la única oportunidad para charlar y chismear, mientras regresaban en compañía de las vecinas.

Por aquella época -la de esta leyenda- se tenía, como ahora, mucha veneración por los santos y era difícil que en cada casa no se hallaran algunos, aunque fueran en pintura. Sobre todo los San José eran imprescindibles, con la ventaja de que lo mismo servía para la fiesta del patrono, que para figurar en el indispensable portal de fin de año.

Las mujeres, pues, tenían todos sus camarines en que alojaban muellemente las doradas imágenes, y era de verse la solicitud con que limpiaban y acicalaban al Niño Dios o pegaban un cuerno o una oreja -como ahora-, al buey o la mula, si la humedad se había atrevido al sacrilegio.

Y acertó a darse una vuelta por aquí un escultor que venía de Guatemala, recomendado al señor cura de Cartago, sumamente hábil en tallar madera. Todos a una quisieron proveerse de santos de bulto. Pero la desgracia era que el escultor cobraba caro. No hubo más que una casa de unos tales Abarca que pudiera costear los suyos. Y el artista se quedó, y los hizo precisamente al acercarse el fin de año.

He aquí que las comadres salían una mañana a misa despachadas por su pobreza, y una dijo:

– Vayan a ver el portal de Ñor Abarca …

– ¿Qué tal les resultaron los santos? Son bonitos, pero yo creo que no los pueden bendecir.

– ¿Y eso?

– ¡Pues no va el fuerero ese, el artesano, y le hace los animales imperfectos! En vez del buey y la mula, hizo la mula y una vaca; y es que como a todos los Abarca los llamaban “bueyes” porque trabajaban muy fuerte desde que salía el sol hasta que se acostaba, eran tan trabajadores como los bueyes. Y además de esto, es que la familia de Ñor Abarca eran todos hombres y ninguno se le había casado. Ñor Abarca le dijo al artesano que le ponían tetas o no lo pagaba.

– Si, pero dicen que el cura les dio el permiso para que no les sirviera de mala tentación.

La noticia cundió allí mismo; y por la casa de Ñor Abarca desfiló todo San José, a ver la vaca del paso Y como la cosa era tan singular en realidad, después había quién preguntará:

– ¿ Me da razón dónde vive fulano?

– Coja allí, por la calle de los Abarca…

– No sé dónde vivirán…

– ¡Hombre: aquellos que llaman los “bueyes”, los del paso de la vaca!

– ¡Aja! Dios se lo pague.

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  1. #1 por Patricia Bravo el 18 agosto, 2009 - 4:05 PM

    Gracias por devolvernos estas hermosas historias, que evidencian que aún seguimos siendo un poco o mucho del pasado.

    Pba

    • #2 por Dennis Meléndez el 7 septiembre, 2009 - 9:59 PM

      Trataré de recopilar algunas más, se reciben colaboraciones también,

      Saludos

  2. #3 por Guiselle Bolaños el 24 septiembre, 2009 - 9:49 PM

    Qué alegría encontrar estos relatos de una persona conocida como mi compañero de universidad, y sobre todo, poder disfrutar de un relato tan bien hilado y con una suspicacia que atrae al lector. Gracias, Dennis, por esta labor y estoy segura que recopilarás muchas de estas historias que hacen que mantengamos nuestra identidad, tan venida a menos en esta época de globalización. Felicitaciones por tan hermosa idea, seguí adelante.

  3. #4 por Ana Isabel Herrera Sotillo el 23 febrero, 2011 - 7:36 PM

    Permítame hacer una pequeña observación. La Plaza Principal era el Parque Central, desde principios del siglo XIX se llevaba a cabo ahí la venta de frutas, verduras, tiliches, y mucho más. Es posible ver los detalles en el cuento de Magón llamado “Un día de mercado en la Plaza Principal”. Cuando se construyó el Mercado Central, pasó a ser el Parque Central.

    • #5 por Dennis Meléndez Howell el 24 febrero, 2011 - 7:46 PM

      Gracias, muy útil tu aporte. He estado tratando de indagar más detalles de esta historia, pero lamentablemente nuestros archivos y bibliotecas son omisos en estos temas. Cualquier otro detalle que sepas, te lo agradeceré.

      Saludos,

  4. #6 por CLUB DE LECTURA VIRTUAL el 6 marzo, 2016 - 12:58 PM

    Según algunos articulos leídos, y una constancia de bautizo, por el Paso de la Vaca nació el hijo de Rafaela Contreras y Rubén Dario en el año 1891. Rafaela es costarricense y considerada la primera escritora, pero no ha sico reconocida como tal en Costa Rica, aunque si en los otros países de Centroamérica.

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