Josecito

Dennis Meléndez Howell

Una mañana, muy temprano, de un día cercano a la navidad de 1956, cuando los aires estaban impregnados de olor a ciprés, a lana de portal, a tamal, a vientos alicios, mi papá anunció que iría a visitar a un amigo al otro lado del río Tiribí, a quien hacía mucho tiempo no veía. Siempre me gustaba acompañarlo en aquellas aventuras, especialmente cuando se trataba de hacer visitas inesperadas, aunque algunas terminaran en el chasco de que las personas buscadas no estuviesen en su casa. Me encantaba oír sus cuentos y conversaciones de antaño con otros campesinos de la zona. No olvidemos que el teléfono no existía por aquellas remotas latitudes pasoancheñas y las visitas tenían siempre que ser así, sin anunciar

Y aunque, hoy día, ir de Paso Ancho a San Rafael Abajo de Desamparados es asunto sencillo, en aquella época implicaba caminar entre cafetales y brincarse cercas de alambre de púas,  primero, desde nuestra casa, hasta la poza María, del río Tiribí, distancia que para unas patillas cortas y desnutridas como las mías, se hacía larguísima. Al lado de esa poza había lo que se conocía como una cadena – fila de piedras que, caprichosamente, la naturaleza agrupaba y que permitían cruzar el río -. Ese trance me aterrorizaba, pues no era fácil pegar esos saltos de piedra en piedra, pero me lo aguantaba, con tal de vivir el paseo. Al otro lado, que hoy sé pertenece al distrito de San Rafael de Desamparados, había que subir un peñón, sosteniéndose del monte y de las ramas de los árboles que caían a la ribera del río. Luego, se llegaba a un sendero de finca, un camino largo y solitario, en el que, conforme empezábamos a caminar, se soltaba una aterradora algarabía provocada por el graznido de las piapias. Y es que, esas aves, se decía, se encargaban de acusar a los merodeadores que se metían en fincas ajenas. Aunque era un camino bien definido, para mi mente infantil, sentía que estábamos en terreno peligroso. El camino bordeaba, desde lo alto de la cima, el río Jorco, en medio de cafetales, con enormes árboles de cuajiniquil, anona y naranjas. No en balde sentía culpa, pues con mis hermanos y amigos, muchas veces anduvimos por esos lugares, robando frutas, las que comíamos ahí mismo, encaramados en los árboles.

Después de un, para mí, larguísimo andar, llegamos a una casa, ubicada como a dos kilómetros desde el Tiribí, al lado este de aquel callejón, que para ese momento ya había tomado mejores características de camino. Era una casa de adobes, con una galera al lado izquierdo y, al fondo, un horno de barro.

Mi padre fue efusivamente recibido por la señora de la casa, doña Celia, quien de inmediato llamó a su esposo, Napoleón. Fuimos invitados a pasar y se nos atendió con aguadulce y biscocho, preparado por la señora de la casa. Después de las consabidas indagaciones por la salud de familiares y amigos, las noticias sobre los últimos muertos y matrimonios, la conversación tomó diferentes rumbos. Se hablaba de las noticias y milagros del padre Alexis, de la construcción de la iglesia, de los anuncios de una nueva calle a San Juan de Dios. En determinado momento, la conversación se centró en Josecito, no sé si el único o mayor de los hijos de la pareja. Estaban muy orgullosos de él. Con mil trabajos había ido al Liceo y, dadas sus habilidades con la pintura y el dibujo, había sido nombrado maestro interino en la Escuela de Desamparados. Y aquel año, finalmente, con la ayuda que tanto agradecían de don Ovidio Soto, le habían dado una plaza, en propiedad, de maestro de dibujo en la Escuela Nicaragua.

Nos llevaron a un pequeño taller de pintura que había al otro lado de la casa, en donde estaba Josecito pintando. Bien conocía a mi papá y después de algunas bromas nos contó del enorme lienzo que estaba haciendo en ese momento. Era para el portal de la Iglesia de San Rafael. Luego, su madre nos enseñó varias de las pinturas que tenía por allí, entre ellas, un autorretrato, que dijo, lo hizo viéndose en un espejo.

Pero hubo un detalle que me quedó muy grabado: su madre hizo el comentario de que aquellas pinturas eran hechas con brocha gorda. Y efectivamente, Josecito estaba pintando aquel enorme cuadro de Belén, con camellos, ovejas, una luz estrellada en el cielo que iluminaba a un ángel con los brazos abiertos, sobre lo que, supongo, iría “la casita del niño”.

Si bien, mi corta edad me impedía diferenciar el arte de un simple paisaje de camión, sí me dejó una marca indeleble el oír que aquel señor, que decía ser maestro de escuela, pintara con brocha gorda, incluso, un autorretrato.  La aguadulce y el biscocho, el olor a pintura, la brocha gorda y aquellas humildes personas hicieron que mi caminata de regreso, con piapias y cruce por la cadena de la poza María incluidos, se hiciera mucho más corta.

Aquella fue la única vez que tuve contacto con aquellas amables personas.

Muchísimos años después, oí hablar de un pintor nacional de gran renombre, que vendía cuadros en el país y en el extranjero, con escenas costumbristas y algo primitivistas. Supongo que en algún momento se pasó al pincel y caballete. Era conocido como José Chepito Ureña. Debo confesar que tardé bastante tiempo en asociar a este maestro de las artes costarricenses con aquel Josecito que casualmente conocí, sosteniendo una brocha gorda en su mano derecha y pintando un cuadro para el portal de la iglesia. ¿Qué habrá sido de ese lienzo?  Si existiera, probablemente valdría varios millones de colones.

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  1. #1 por Francisco el 16 septiembre, 2012 - 2:07 PM

    ¡Qué sabroso este relato! volví a correr por los famosos lotes Meléndez, donde papá construyó nuestro primer “cuarto redondo”, que para mis ojos de chiquillo pobre, era un verdadero palacio, aunque todavía no tenía ventanas.

    Hay dos detalles que me han despertado mucho interés. Uno es el Padre Alexis… yo lo conocí muchos años después, cuando vivía en San Sebastián y un Padre Alexis, que puede ser el mismo, era el párroco. Me llamaba mucho la atención que siempre usaba la sotana tradicional, era muy flaquito y tenía una unción que siempre me pareció a la que habia leído que tenía el Cura de Ars. Corria el rumor que el hombre era un santo y no faltaba quien decía que había hecho curaciones milagrosas. Siempre andaba pidiendo limosnas para la construcción del campanario de su iglesia parroquial. Una vez nos ensarzamos en un coloquio teológico, que me reveló que el cura sabía mucho de esa disciplina y citaba la Biblia con soltura y conocimiento. Yo me quedaba viéndolo durante la misa para ver cómo eran los santos. Luego supe que falleció, creo que de tuberculosis, lo cual me convenció de que el hombre era canonizable.

    El otro asunto es la historia del pintor.

    A mi me ocurrió cuando vivía en la ciudadela de Hatillo. Un día, al regresar del Colegio de los Angeles, donde estaba becado, camino a mi casa por “El Dedo”, como se conocía una rotonda sin salida, vi un hombre musculoso sentado en la acera moliendo algo. Cuando me acerqué vi con asombro que estaba moliendo colores. Me detuve a mirar aquella curiosa tarea. El señor me miró, sonrió y me preguntó si era el hijo de doña Carmen. Luego me contó que era pintor y que prefería hacer sus propios colores, y me invitó a pasar a su casita, donde ahora no vivía con su familia sino que tenía ahí su taller de pintura. Desde aquel dia, cada vez que regresaba del colegio, me quedaba horas y horas mirando el milagro de las bellas formas que aquel señor iba creando en unos grandes lienzos blancos.

    ¡Era Rafa Fernández!

    • #2 por Dennis Meléndez Howell el 16 septiembre, 2012 - 7:30 PM

      ¡Qué gran coincidencia! Efectivamente ese era el padre Alexis del cual se hablaba en aquellas conversaciones campesinas. Por ese entonces, la iglesia de San Sebastián aún no era parroquia. El padre Alexis atendía San Sebastián y San Rafael Abajo y, efectivamente tenía esa fama. El pueblo no sólo le tenía mucho cariño, sino, sobre todo, mucho respeto y, diría, devoción, pues le llevaban a los enfermos para que los curara.

      Nunca supe de ese taller de Rafa Fernández, como nunca me enteré que aquel maestro de dibujo llegó a ser nuestro José Chepito Ureña.

      Gracias Francisco, por compartir esta historia.

      Dennis

  2. #3 por acostaricaconangel el 10 septiembre, 2014 - 4:18 PM

    Reblogueó esto en acostaricaconangely comentado:
    Verdad que resultan deliciosos este tipo de relatos? Gracias D. Dennis, conocí Paso Ancho cuando ya eran los años 70 y se había hecho demasiado grande.

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