El Credo y el Juicio Final

De los malos recuerdos de nuestra niñez está la amenaza constante en que se nos atormentaba con el cuento del “Juicio Final”. Teníamos que ser muy buenos y mantenernos siempre en gracia de Dios porque, en cualquier momento, y sin que nadie lo supiera, ni el mismo Jesucristo, puesto que eso solo lo conocía el Padre, ocurriría la gran catástrofe del fin del mundo. Y eso iba a ser algo terriblemente cruel y despiadado. Todas las personas que estuviesen vivas en esos momentos desearían haber muerto antes.

Y una vez que eso ocurriera, no habría remedio: el ángel Gabriel con su trompeta, anunciaría que el Hijo del Hombre estaría bajando a la tierra, a la diestra del Padre, para entre los dos, juzgar a los vivos y a los muertos (Como que esto trasciende las funciones del Espíritu Santo).

Y entonces, en ese momento, para poder llevar a cabo el juicio, todos los muertos resucitarían. No importa adonde estuviesen sus restos, los miles de billones de seres humanos que hubiesen tenido la suerte de haber muerto antes de ese ominoso día, se levantarían de sus sepulcros para ponerse en fila a la espera de que Dios oyese sus alegatos y razones y así tratar de librarse del fuego eterno. Porque los que salieran premiados y se les exculpara de todo pecado, tendrían como premio, la vida eterna. Es decir, que no volverían a morir, sino que vivirían en una eterna felicidad, en este mundo. Los que no tuviesen suficientes argumentos, o buenos abogados, puesto que los santos o la Virgen actuarían como tales a nuestro favor, irremediablemente se irían a quemar al infierno, por los siglos de los siglos.

Pero eso no era todo. Como si fuese poco, durante el transcurrir corriente de la vida, es decir sin que hubiese llegado el día del juicio, si uno tenía la desgracia de morir en pecado, por no haberle hecho los nueve primeros viernes al Corazón de Jesús, especie de póliza de seguro para no morir en pecado -o sea cielo asegurado-, le cabrían dos opciones. Si los pecados cometidos y que no habían alcanzado a ser perdonados por algún cura eran veniales, como por ejemplo, hacerle mal modo a la mamá o no estar con las dos manos juntas durante la misa, como premio de consolación, no se iría al infierno, sino que le disfrutaría de la triste felicidad de irse a purgar esos pecados al Purgatorio. Y allí se quedaría, también quemándose como en el infierno, pero a una temperatura un poquito más baja, y con la opción de que, el día del juicio final lo pasarían a juicio y allí se decidiría la suerte definitiva, es decir si se iba al cielo o al infierno. Claro que si en el intermedio, uno tenía la suerte de que bastante gente le rezara a las benditas ánimas del purgatorio, o directamente a uno, o si le hacían un buen novenario con bastante bizcocho, café y tamales, y no faltaban el pago de abundantes misas, ojalá de revestidos y con bastantes chuicas negros (como decía Víctor Hugo Munguía), como las que le hacían por montones a don Florentino Castro, cada cabo de año, podía ser que la Virgen de las Ánimas ejerciera sus influencias y lo lograra sacar a uno de allí. Claro que nunca tuve por cierto que pasaba con uno en ese momento. Como que se lo llevaban para el cielo de inmediato, pero tan solo por mientras, pues debía, de todas maneras, esperar el juicio final.

Pero si uno tenía la desgracia de morir en pecado, por no haberse confesado, no haber tenido tiempo de rezar un señor-mío-Jesucristo segundos antes de morir, o no haber recibido los Santos Óleos (es decir, confortado con los Santos Sacramentos), sería irremediable: se iría derechito al infierno, y sin derecho a nada. Ni siquiera se le juzgaría (¿o sí?) el día del juicio final. De una vez le volarían candela contante y sonante.

Entonces, quien muriese en gracia de Dios, se iría derechito para el cielo, no importa lo pecador que hubiese sido en este mundo. Bastaría con que, así fuera en el minuto final, lograra arrepentirse de sus pecados. Entonces esos serían los elegidos y tendrían el derecho de disfrutar del placer de irse para el cielo a sentarse, a ver a Dios por toda una eternidad.

Pero en toda esta mezcolanza de juicios, perdones, arrepentimientos in-extremis-morta, nueve primeros viernes, señores-mío-Jesucristos, purgatorios, infiernos adelantados y cielos al contado no terminaba de cerrarle a uno la historia de cómo y para quién sería el Juicio Final. No sería para los muy buenos o los oportunamente arrepentidos, puesto que todos estos ya estarían en el cielo. Sería como un alegrón de burro que les dijeran que el cielo que les habían dado antes era de mentirillas, que su causa había sido anulada y que tendrían que ir, de todas maneras, a juicio. Tampoco sería para los muy malos, especialmente aquellos que habían cometido sacrilegio (como morder la hostia durante la comunión), o los que habían faltado a misa (el pecado mortal por excelencia) y no alcanzaron a confesarse antes de morir, puesto que ya habían sido mandados al infierno. Sería muy raro que de todas maneras los sacaran de allí para someterlos a un juicio que ya de por sí tenían perdido, para volverlos a encajar en las llamas y el azufre. ¡Sería algo así como darles de patadas estando en el suelo!

Entonces, como que el juicio final quedaría solo para quienes estuviesen vivos en ese momento, puesto que no habrían tenido la ventaja de gozar de un proceso abreviado (sin juicio), tal como les correspondió a quienes tuvieron la gran suerte de morir antes de ese día. A esos se les sumarían los que estuviesen en el purgatorio en ese momento, o sea todos aquellos que no hubiesen tenido suficientes “patas” para que los sacaran de allí antes de ese día, puesto que nadie había rezado bastante por ellos o no se alcanzaron a dar suficientes limosnas a la Iglesia, en su nombre. Los otros, ya estarían en el cielo y no se valdría que otra vez los llevaran a juicio.

Pero la cosa se pone aún más complicada cuando, de un momento a otro, el Papa nos anuncia que se cerró el Purgatorio, nunca estuvo abierto o nunca existió. Con razón, después del Concilio Vaticano II, tuvieron que correr a cambiarle el nombre a la “Capilla de las Ánimas” por el de “Preciosa Sangre de Cristo” y mandar a quitar de las iglesias todos aquellos cuadro patéticos de una Virgen con un niño en sus brazos y un escapulario y abajo miles de almas en pena implorando, en medio de las llamas, que los sacaran de allí.

Eso significaría que el Juicio Final tampoco sería para las almas en pena del Bendito Purgatorio. La torta fue, la gran cantidad de misas, rosarios de difuntos, novenarios, limosnas, rezos matutinos o vespertinos a tantas vírgenes y santos para que intercedieran por alguna alma determinada y las rescataran de ese fuego provisional. ¿Qué fue de todo eso? ¿Abonaron esos rezos en otras cuentas o simplemente se perdieron en la nada, con lo aburrido que es tener que aguantarse un rosario, un novenario, una misa de muerto o un trisagio?

 Entonces, eso nos deja el Juicio Final solo para aquellos que estén vivos en el momento en que ocurra la hecatombe (no me gusta hablar del Armagedón, puesto que ese fue un término entresacado de la Biblia por los Testigos de Jehová). Cabría preguntarse si ese juicio sería para todos los que estaban vivos antes de llegar el Apocalipsis, o solo para quienes sobrevivieran al mismo. Porque, se supone, que quienes muriesen en las innumerables catástrofes que le acompañarían, pasarían por el proceso abreviado que les correspondió a todos los demás difuntos previos. Esto nos reduciría aún más el número de acusados a ser juzgados: los que no tuvieran la suerte de morir, así sea en una de esas apocalípticas catástrofes o no tuviesen el tino de suicidarse antes (especialmente si habían sido malos y no se habían arrepentido de eso).

Pero cuando ya tenía este enredo medio resuelto, me acuerdo del “Credo”, que es lo que se denomina la “Profesión de Fe”, es decir, un resumen de lo que nos dice la Iglesia que debemos de creer, sin discutir, puesto que si hay algo que no entendemos de eso, lo tenemos que aceptar como artículo de fe, sin derecho a discusión, pues simplemente son misterios divinos y si se intentan dilucidar, se comete pecado contra el Espíritu Santo y eso es un sacrilegio.

Y es que el Credo dice que uno tiene que creer, sin dudar, que Jesucristo “descendió a los infiernos, y al tercer día resucitó entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre Todo Poderoso, que desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”. Además, que uno debe creer también en “la Resurrección de la Carne y la Vida Perdurable”.

El que venga a juzgar a los vivos encaja en todo el cuento anterior, pero ¿a los muertos? Ya unos están en el cielo (y por lo tanto son santos y hasta deberían hacer milagros) y otros en el infierno (que ya no tiene caso que se les juzgue pues fueron condenados ex profeso, sin seguirles una causa legal, ni contar con abogados, ni que se oyeran sus razones, ni nada por el estilo. Y ¿para qué resucitar a los muertos en carne y hueso (la resurrección de la carne) si unos están muy contentos en el cielo y otros irremediablemente condenados al infierno? ¿Y para qué volver a la “vida perdurable”? ¿No sería mejor seguir en el cielo?

Y además ¿para qué se necesita un juicio si Dios es omnisapiente y no tiene nadie que demostrarle si fue bueno o malo en vida, puesto que él ya lo sabe? Aún más, lo sabía, aún antes de que cada persona naciera.

Entonces, mejor no credo en el Credo, puesto que lo pone a uno a decir cosas insensatas. ¿Puede alguien esclarecerme este zambrote?

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  1. #1 por Eduardo Guevara el 4 marzo, 2010 - 1:46 PM

    Para que tantos pataleos de ahogado sobre el Juicio Final,el Purgatorio, el Argamedón o el Anticristo. Si alguien quiere ser estudioso sobre estos temas – que lo haga- y estudie el Catecismo, teología y filosofía, Cristología, la Biblia y cuanto hay a mano que es mucho (el librerías, Iglesias e Internet) y pueda con firmeza – en la intimidad de su conciencia – aprobar o rechazar los puntos que mantiene la Iglesia Católica. A este respecto hay un cuento de un sacerdote el cual conoció a una persona que se decía atea. El cura lo interpeló: Ya usted leyó el Corán,a Aristóteles, a John Locke, la Biblia, a San Agustín, a Santa Teresa de Jesús o leyó sobre el pensamiento de Juan Pablo II. Este le respondió que no conocía de esos autores. Entonces el cura le respondió. Usted no es ateo sino ignorante. Lo más peligroso no es la verdad por sí misma sino una verdad a medias bien digerida.
    Para qué tanto morbosidad con el miedo colectivo. Para que difamar la esperanza con un terror mediático que se aprovecha del poco conocimiento que tienen las personas sobre esos temas para condenarlos a vivir esperando que caiga fuego del cielo.

    Dejemos de ver a Dios como el Gran Ojo que vive permanentemente vigilando nuestras acciones para escarnecernos . Este concepto hace ya muchos años fue superado. Ahora se nos invita a descubrir en la Iglesia a esa madre y maestra que ama incondicionalmente a sus hijos, los mira con ternura y desea su salvación.

    A diario -y para llevar agua a sus molinos, canales como History Channel presentan pseudo investigaciones que cuestionan la Tradición y la Revelación y los dogmas depositados en la Iglesia. Si a usted le gusta la ficción, lea las profecías de Nostradamus, la Teoría de Schuman o las profecías mayas. Entonces verá el Terremoto de Chile o el de Haití como un adelanto del fin. Eso es vanidad, pues lo conclusivo es tener fe y acumular buenas obras. El Reino de Dios es Cristo mismo. O usted cree y lo sigue a Él o se adhiere a la Cultura Light, a la New Age o tiene el valor para decir que Cristo fue un iluminado más. Hay muchas cosas veredes en la práctica del catolicismo, llamada religión popular que arrastra ideas caducas sobre la práctica y no sobre la verdades fundamentales. Son herencias y odios acumulados (inconsciente colectivo) hacia la verdad plena manifestada en la persona de Cristo. (La verdad aunque se diga al revés, verdad es). No hay medias tintas. Se es o no se es. Ningún humano sabe cuando se acabará el mundo. Pero sí sabemos objetivamente que nos vamos a morir. Y ese será nuestro Apocalipsis personal.Ya para ese momento, no va a importar si Cristo viene la semana entrante o si el mar va a subir cuatro metros o si los muertos van a resucitar. A las puertas de la muerte cada uno sabrá si está preparado para enfrentar al juicio personal de Dios, o podrá alegar que es un simple cuerpo sin esperanza de volver a su Creador. O sos creyente o no lo sos, no hay futuro para los tibios. No hay mediocristianos ni medioateos. Las manifestaciones de Dios son muy claras para el que las quiere ver. Pero tenemos la libertad para escoger. Con Él o sin Él. El cambio espiritual no está en la razón. No puedes ir a la pulpería y pedir una libra de cariño o un cinco onzas de sacrificio. Ya no somos niños, el traje de primera comunión es demasiado estrecho para lo golosos que somos. Ahora debemos buscar las respuestas en nuestra madurez (conócete a tí mismo). Tu propio corazón te va a decir cuál es el camino del sacrificio y la entrega. Si yo te preguntara sobre tu destino final, me imagino que no escogerías vivir eternamente alejado del bien máximo.La anterior ya es una mejor definición de infierno, sin tantos diablos y tanto humo. Cada vez, la Revelación es mejor vivida y comprendida. Por ello los católicos del Siglo XXI no somos unos campesinillos al servicio del señor cura sino personas prácticas, estudiosas, piadosas en busca de la verdad. Nos sabemos imperfectos, por eso no hablamos de lo que no sabemos o no comprendemos. Nuestra tarea diaria está iluminada por la fe en Nuestro Señor y sus enseñanzas. Para ello la Iglesia nos da ideas pedagógicas modernas, tecnológicas y pensamientos acordes con la sociedad actual, no para gloria nuestra, sino para llevar el bien a una sociedad materialista no creyente. Trabajamos sin paga alguna, sin la alharaca intelectual de tantos que muestran sus angustias existenciales que los desgarran tan profundamente y los apartan del camino espiritual.

    Como Pablo dice, aunque entregue todas mis riquezas y hasta mi vida, si no tengo amor de nada me sirve. Puedo prescindir de los conceptos de Juicio Final, Fin del Mundo, cerrar el Purgatorio, pensionar a San Gabriel y a los Arcángeles y la Iglesia no se va a derrumbar, pues estas verdades no son científicas o de otro género, sino salvíficas ordenadas a la salvación. No se pueden demostrar en el sentido de la exactitud histórica o científica, sino en la perspectiva religiosa del plan salvador de Dios donde cualquier persona puede encontrar el camino de la salvación. Por eso no puedo irme por la tangente y culpar a la IgIesia de mis terrores nocturnos o mi fracasos. Estamos convencidos que la Fe, la Esperanza y la Caridad son los hábitos que Dios infunde en la inteligencia y en la voluntad del hombre para ordenar sus acciones hacia Él mismo. Es una búsqueda permanente que me liga con las realidades del mundo tales como el divorcio, la pornografía, el aborto, las drogas, el ataque sistemático contra la Iglesia Católica y la relativización del pecado que carcome nuestras familias.

    Todos hemos sido formados no para decidir entre el bien y el mal, sino entre el bien y algo mejor. Y esa escogencia nos coloca entre los tesoros del mundo y la cruz personal. Y digo personal pues en una forma u otra la tendremos que probar y forma parte de nuestra débil naturaleza. Solo así podremos alejarnos de los cantos de sirena del capitalismo salvaje, de la cultura de la muerte ,de los que reniegan de la fe por la razón y de los que todavía no comprenden que Dios es ante todo misericordia, gracia y perdón.

    Edo Guevara

    • #2 por Dennis Meléndez el 4 marzo, 2010 - 10:08 PM

      Estimado Eduardo,

      Tengo que reconocerte que no he leído todo eso que dice tu curita que hay que haber leído para poder tener licencia para discrepar. Por lo tanto, he de reconocer que tienes toda la razón de llamarme ignorante.

      Pero no es culpa mía. Si no lo tomas como un irrespeto, diría que es culpa de Dios. Vos como publicista sabés que hay muchas maneras muy inteligentes de hacer llegar un mensaje a la gente para que lo entiendan los sabios o los ignorantes como yo. ¿Porqué Dios no se buscó una buena pantalla de televisión, o su equivalente celestial, y la colgó de las nubes y dijo claramente, y sin ambajes, a toda la humanidad, exactamente lo que quería decir? ¿Por qué lo hizo de una manera tan alambicada, al punto que a los pobres idiotas como yo, nos parece que sus mensajes están repletos de contradicciones y sinrazones?

      Pobre la gente que se encontró con los profetas y no tuvo la sabiduría suficiente para distinguir que eran verdaderos mensajeros de Dios y no simples desquiciados o aprovechados. Yo no lo hubiese sabido hacer.

      Pero en toda tu perorata, repleta de palabras mágicas que realmente me impresionan, pero que no las entiendo (por mis acendradas limitaciones, ¡claro está!), no me parece que me hayás sacado de la duda que traté de esclarecer en mi artículo. Más bien, como que me da la impresión que me das la razón, pues me dices que mejor olvidémonos de todo eso, que es anticucho y fuera de onda. Ni más ni menos me estás diciendo que hay que renegar de la proofesión de fe, y a mi me enseñaron que si uno hacía eso se convertía en un hereje y merecería la hoguera (el infierno, el armagedón, el anatema, la maldición, o lo que se quiera), y eso me asusta mucho.

      Cordialmente,

      Dennis

  2. #3 por Dennis Meléndez el 14 marzo, 2010 - 7:09 AM

    Solo me pregunto una cosa más. Si para opinar se necesita leer todas esas cosas, entonces ¿para creer basta con ser ignorante de esos temas? O sea, lea todo eso, entiéndalo, acéptelo, pero lo que no entienda, acéptelo porque sí,

  3. #4 por Jaime el 31 marzo, 2011 - 6:04 PM

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