¡Viendo pal ciprés!

   Dennis Meléndez Howell
   12 de diciembre de 2010

 

Amadeo Barrantes, vecino de San José de Alajuela, había conocido a Lola Arias, oriunda de Santa Bárbara de Heredia, el 26 de julio de 1924. Amadeo tenía, en ese entonces, 19 años de edad, mientras que Lola no llegaba a los 16.

Don Arturo, el papá de Lola, la había llevado, con su madre y sus seis hermanos menores, a las fiestas de San Joaquín de Flores, que eran famosas porque se habían convertido en el punto de encuentro social entre familias alajuelenses y heredianas. No fueron pocos los matrimonios que se concertaron en dicho lugar pues, como decía don Arturo, los matrimonios surgidos de un mismo pueblo, estaban malditos. –”Vea cuantos idiotas se han prohijado cuando se casan entre la misma parentela” – comentaba en la saca de don Simeón, en donde se reunían varios amigos a tomar contrabando, los domingos por la tarde. Y aunque no lo reconocía abiertamente, sentía que Lola ya estaba en edad de merecer.

Aquél recorrido, de casi 6 kilómetros, se hacía en carreta, la cual, como era la costumbre, se adornaba con cadenas de papel amarillo y blanco y a los bueyes, se les engalanaba con ramas de uruca, en sus lomos, y cintas de colores, en los cuernos. A diferencia de otros paseos en carreta, en ocasiones como esta, no se llevaba almuerzo, pues el atractivo era participar en las chanchadas, o sea, las ventas de comida preparadas con la carne de  los chanchos que se mataban desde el día anterior, y que se vendían a precios cómodos:  chicharrones; frito de menudos; maíz con  cabeza  (que años después pasó a llamarse pozol); arroz guacho con tocino; el infaltable chorizo; los cubases tiernos con patitas; a más del plato estrella, frijoles blancos (en aquel entonces se traían de Panamá) con costilla.

Amadeo, con dos de sus hermanos mayores y dos amigos de La Garita, como era su costumbre desde tres años atrás, también vinieron a las fiestas. En esta ocasión, habían conseguido bestias prestadas por su tío, lo que resultaba mucho más práctico, aunque más duro, que hacer el viaje en tren desde el centro de Alajuela. Se cruzó miradas casualmente con Lola en la misa de tropa, que era el acto más solemne de la festividad. Como lo exigía el recato, Lola apenas lo miró fugazmente y no pudo disimular su sonrojo, señal inequívoca de que aquel muchacho le había despertado interés. Amadeo la siguió toda la tarde y aprovechó un momento en que ella se separó unos pasos del grupo familiar y le entabló una monosilábica conversación. Ella le contó dónde vivía, pero que si quería hablar con ella, debería conversar primero con don Arturo, y tenía que ser en su casa, en Santa Bárbara.

Fue así como, el sábado de la siguiente semana, se puso sus galas de dominguear e hizo el viaje a caballo hasta la casa de Lola. Fue un triunfo que don Arturo lo recibiera, pero finalmente, y no sin antes poner miles de peros y condiciones, accedió, a regañadientes, a recibir a aquél joven para que visitara a su hija. Su instinto le dijo que era de buena y piadosa familia y con planes serios acerca de su futuro y el de su hija.

Durante más de un año, Amadeo visitó a Lola en su casa, puntualmente, un domingo cada quince días, y estrictamente entre las 11 de la mañana y las 3 de la tarde, condición impuesta por don Arturo. Y si accedió a que fuera a partir de las 11, era para que asisitiera con la familia a la misa de 12. De mutuo acuerdo entre los novios, decidieron que se casarían el año siguiente, el 4 de abril, fecha en que Lola cumpliría los 17 años. Desde entonces, comenzaron los preparativos: Lola en alistar su ajuar y planear la fiesta. Amadeo en construir la casita, en un terreno que su padre le había cedido, con algunas plantaciones de café y caña.

Desde diciembre de 1925, circuló el rumor de que, se estaba organizando un viaje de excursión en tren a Cartago. Saldría de Alajuela y haría paradas en San Joaquín, Heredia y Santo Domingo. El objetivo era recaudar fondos para la construcción de un asilo de ancianos en Cartago. La iniciativa desató mucho entusiasmo y fueron muchos los que adquirieron tiquetes para poder ir a pagar sus promesas a la virgencita de Los Ángeles. Para la mayoría, era hacer un viaje que podrían recordar toda la vida. A pesar de que el boleto era caro, 12 reales, era algo que valía la pena. En total, se calcula que entre las cuatro estaciones, se vendieron más de 1200 pasajes. La fecha programada era el 7 de marzo.

Una semana antes del tan esperado día, voceros de la Northen anunciaron que, dada la gran demanda que había tenido la aventura, no les sería posible disponer del equipo suficiente para cumplir con la fecha del 7 y que, a cambio, se realizaría el 14 de marzo. La gente lo aceptó con resignación.

Amadeo y Lola consideraron que aquella sería una linda oportunidad para poder ir a encomendar su pronto matrimonio a la virgen, lo cual, estaban seguros sería la mayor bendición que podrían recibir y les garantizaría, poder tener muchos hijos. No fue fácil convencer a don Arturo, quien puso como condición que su esposa, Luzmilda y dos de sus hermanos, los tendrían que acompañar.

Cuatro vagones saldrían a las 7 de la mañana de la estación de Alajuela, frente al monumento a Juan Santamaría, y haría una parada en San Joaquín de Flores para recoger unos 100 pasajeros que se habían enlistado allí y, a las ocho, recogería tres vagones más en Heredia, haciendo una última parada a las 9, en Santo Domingo.

Amadeo tomaría el tren en Alajuela, mientras que Lola, su suegra y cuñados, esperarían en San Joaquín. El plan estaba cuidadosamente estudiado. Si no lograban verse en la estación de San Joaquín, lo harían en Heredia o en Santo Domingo.

Llegado el día, Amadeo estuvo muy temprano en la estación y logró subir al tren sin contratiempos. Claro que, contrario a lo que se había dicho, la Northen envió solo tres vagones a Alajuela, lo que hizo que éstos se llenaran hasta reventar, con gente no solo en los pasillos, sino en las escaleras y balcones. ¡Parecían latas de sardinas! La gente no podía ni mover los brazos.

Puntualmente, el tren partió a las 7, dejando una importante cantidad de disgustados parroquianos que no pudieron subir.

Al llegar a San Joaquín, desde la posición privilegiada que había logrado conseguir, en un asiento junto a una ventana, Amadeo pudo ver a su prometida acompañada de su futura familia política. Se hicieron señas y Lola y su familia se dirigieron a los vagones traseros. Amadeo no las volvió a ver, pero se imaginó que habían subido al tren. Lo que no le pasó por la mente fue que, a lo sumo unos veinte suertudos y osados pasajeros, lograron abordar, a empellones, mientras que más de 80 quedaron en tierra. Entre ellos su novia y familia. El tren iba atestado.

 El viaje continuó hacia Heredia, en donde engancharon tres vagones más, pasando los de los alajuelenses al final del convoy. Aquel trasiego de vagones, más la imposibilidad material de moverse, impidió que Amadeo intentara, siquiera, dejar su asiento para ir a buscar a sus acompañantes.

El último carro era el más lleno, y como decíamos los chiquillos en nuestros tiempos de encumbrar papalotes, “tenía la cola sobrecargada”, por lo que fácilmente coleteaba y hacía que el tren se ladeara peligrosamente. Era tal la cantidad de pasajeros que el conductor decidió omitir la parada en Santo Domingo.

Para evitar incidentes, el tren tomó mayor velocidad y pasó derecho en esa estación, dirigiéndose, más rápido de lo normal, hacia la bajada al Virilla. Los vagones se movían inquietantemente hacia los lados. Al llegar al puente Negro, que une Santo Domingo con Colima de Tibás, los tres primeros vagones entraron sin problemas en la estructura, pero el cuarto, se inclinó hacia la izquierda y su parte superior golpeó la estructura del puente. En un segundo, los tres vagones de adelante se desprendieron y atravesaron al otro lado, mientras que el cuarto se atravesó sobre la línea. Los dos últimos se comprimieron como cajas de fósforos y cayeron al vacío.

 Aquellos instantes de terror y confusión fueron fatales. Todo fue gritos y llantos. Muchos pasajeros cayeron entre las piedras y el cauce, mientras que, los más, quedaron atrapados entre los escombros retorcidos. Casi 300 muertos y cerca de 100 heridos, varios de los cuales murieron en los siguientes días.

En la estación de San Joaquín, ignorantes de lo ocurrido, los decepcionados pasajeros no se resignaban a que no los hubieran recogido. Los administradores de la estación les decían, para calmarlos que, se iba a organizar otra excursión para el domingo siguiente.

Lola, su madre y sus dos hermanos, emprendieron el viaje de regreso a pie hacia Santa Bárbara, más que compungidos y decepcionados, pero sobre todo con la incertidumbre de qué haría Amadeo cuando se diese cuenta que ellos no habían logrado abordar el tren.

A media tarde, empezaron a circular los rumores de que algo grave había sucedido al tren. Se decía que se había caído, con todo y puente, al cauce del río Virilla y que, quienes no habían muerto, estaban heridos. La conmoción fue terrible. Varios vecinos del pueblo habían logrado abordar el tren. Nadie sabía nada de la suerte corrida por sus familiares y amigos.

Lola entró en un choque de desesperación y lloraba inconsolablemente. En vano fueron las esperanzas que trataron de infundir en ella sus padres.

El lunes, don Arturo y otros vecinos tomaron las bestias y se fueron para Alajuela, en donde, se decía, habían llevado a la mayoría de los muertos cuyos cadáveres habían logrado ser rescatados. Lo que encontraron en la estación fue dantesco: cadáveres apiñados en andenes y salones, mientras cientos de personas escudriñaban entre ellos en busca de sus familiares.

Al rato, vieron por allí a uno de los hermanos de Amadeo. “Esta mañana encontramos el cadáver de Amadeo”, –  dijo. “Mañana a las 9, lo enterramos en el cementerio de Las Ánimas”. Don Arturo, con uno de sus hermanos, se fue para San José a la casa de los Barrantes, en donde acompañaron a la inconsolable familia, durante la vela, el funeral y entierro el día siguiente. Luego, regresaron a Santa Bárbara, adonde llegaron pasadas las dos.

No pudieron ocultar la realidad a su hija quien, en aquel momento, echó a reír de manera desconcertante. Luego, empezó a decir frases incoherentes  y a hablar con Amadeo. Le contaba sobre la cotona que le había mercado su padre en Alajuela; que para la fiesta de la boda iban a matar un chancho; que ya habían contratado unos músicos de Heredia. Y así disvarió durante muchos días.

Poco a poco, fue cayendo en una profunda depresión, hasta que, un día de tantos, ya no habló más. Solo quedó con la mirada fija y la mente perdida. A duras penas doña Luzmilda lograba que comiera algo y a poquitos. Todos los días la sacaban al corredor, en donde se sentaba en un escaño, con la mirada fija en el ciprés que había frente a la casa.

Cada vez que alguien preguntaba por Lola, la respuesta era la misma: – “idiay, siempre viendo pal ciprés” –.

La gente adoptó aquello como una frase cliché. Cuando alguien hacía planes muy optimistas, le advertían: – “mejor no soñés tanto, porque te puede pasar las de Lola y ¡quedarte viendo pal ciprés!” –

Lola Arias murió de anemia y debilidad, o de cavanga, como decía doña Luzmilda, dos años después. De su historia, el quedarse viendo pal ciprés le ha sobrevivido casi un siglo, aunque ya nadie relaciona la frase con ella.

Nota: el argumento base de esta historia lo usaba contar don José Sánchez, renombrado poeta de Curridabat, muy amigo de mi padre, quien orgullosamente se declaraba indio puro huetar. Viviendo él y nosotros en Barrio México, nos visitaba con frecuencia. A principios de los años 60, tenía ya 94 años, y a esa edad, conservaba una prodigiosa memoria. Solo algunos nombres y circunstancias secundarias los he añadido para contextualizar la historia. La tragedia del Virilla y la historia de Lola, a su decir, fue verídica.
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  1. #1 por Mario Esquivel Benavides el 12 diciembre, 2010 - 3:38 PM

    Iba a cumplir 2 años el 16 de setiembre de 1924. Vivíamos en el

    Paso de la Vaca. Me contaba mi mamá a los años, que por esa

    calle de la Botica Solera hacia el Sur pasaban las carretas y

    carretones llenos de cadáveres mutilados.-

    Este comentario es más por la famosa tragedia del Virilla y no

    la de Lola que hizo posible la frase de VIENDO PAL CIPRES.

  2. #2 por Eliécer R S el 13 diciembre, 2010 - 10:06 PM

    Muy interesante en verdad nunca la había oído la historia de Lola y como decía mi papá “Lola no estaba en la raya”

  3. #3 por Roxi el 19 febrero, 2011 - 9:08 PM

    Siempre escuché a papi y mami hablar de esa tragedia tan terrible y aquí hay una de tantas familias que sufrió por la pérdida de sus familiares. Esta historia de Lola y Amadeo esta muy triste !!

    • #4 por Dennis Meléndez Howell el 20 febrero, 2011 - 6:29 PM

      Qué pena, Roxana. No te había contestado este comentario. Efectivamente, creo que esa fue una historia que todos oímos alguna vez. Verdaderamente caló en el alma de los costarricenses. Esta historia en particular la repetía don José Sánchez tantas veces, que, te confieso, ya cuando empezaba a contarla, hasta que no hallaba adónde irme. Pero, ya ves. Al menos me sirvió para escribirla algún día.

  4. #5 por ines el 30 marzo, 2011 - 4:44 PM

    Murió por amor.

    • #6 por Dennis Meléndez Howell el 31 marzo, 2011 - 7:16 PM

      Efectivamente. La ciencia ha demostrado que es posible morir de amor, así como es posible también, morir de risa.

  5. #7 por Laura Jara Benavides el 30 marzo, 2011 - 5:19 PM

    La historia de ver pal Ciprés.

  6. #8 por Olga Fedora Cantillano Sancho el 30 marzo, 2011 - 5:40 PM

    Que triste historia. La verdad, a mis 52 años, nunca oí a nadie de mi familia comentar esa historia tan triste. Lógicamente, si sabía de la tragedia del Virilla, mis abuelitos la comentaban. Que lástima que no pudieran culminar su historia de amor. Siempre he pensado, que al que le toca le toca. Lola no estaba para morir, pero él sí. Así es la vida.

    • #9 por Dennis Meléndez Howell el 31 marzo, 2011 - 7:14 PM

      Gracias Olga. La primera vez que oí esta historia a don José Sánchez, la verdad me impresionó mucho. Después, él mismo la repitió muchas veces pues tenía arriba de los 95 años y su memoria reciente le fallaba, pero no la histórica.

  7. #10 por Ramón Enrique Cerdas Álvarez el 30 marzo, 2011 - 11:33 PM

    Que historia de amor de antaño tan bella (aunque acabe en tragedia). La forma de escrita es perfecta. Gracias!

    • #11 por Dennis Meléndez Howell el 31 marzo, 2011 - 7:23 PM

      Gracias. Los detalles de la historia son de don José Sánchez, un viejo poeta y escritor de Curridabat, quien decia muy orgulloso ser un indio puro huetar. Magnífica persona y fenomenal poeta. Lamentablemente no he logrado encontrar ninguna publicación de su obra, en la que, yo supondría, debería estar este relato.

  8. #12 por Alberto Meléndez Dobles el 31 marzo, 2011 - 9:10 AM

    Mi tío abuelo; Efraín Chaverri Chacón, subió a ese tren en la parada de Heredia. Cuando el tren bajaba la cuesta del Virilla, iba a tal velocidad y viendo como el último vagón se tambaleaba, Efraín saltó del vagón cayendo a la orilla y salvándose de milagro. Él ayudó a poner a salvo a los heridos y posteriormente a cara de los metales rtorcidos a los muertos.

    Muy buena narración de los hechos don Dennis, cuando postea el del Orígen del Gallo Pinto que tanto me gustó?

    Un detalle interesante que no tiene que ver con lo que aquí se escribe, es el orígen de la palabra güila. Resulta que hace un par de años estando en Manchester, Inglaterra; escuchaba como unos amigos de por ahí hablaban de sus wee-lads para referirse a sus hijos pequeños y caí en cuenta que su expresión significaba exactamente lo mismo que la nuestra: una manera un tanto despectiva para referirse a los niños. Hay que tomar en cuenta que en el siglo XIX en Costa Rica, hubo una relación estrecha con el Reino Unido por el comercio y por el oro y por la guerra, así que no sería de extrañar que la palabra güila sea un anglicismo castellanizado.

    • #13 por Dennis Meléndez Howell el 31 marzo, 2011 - 7:10 PM

      Magnífico aporte, pues nunca lo hubiese sospechado. He estado buscando mucho el origen de este término (güila) en diccionarios de lenguas indígenas, pues creía que tenía algún orígen macrochibcha. Lo asociaba con el nombre Huila, que es un departamento de Colombia, que sí es un nombre indígena. Eso que usted plantea tiene mucho sentido. Le agradezco mucho. En cuanto lo integre al diccionario, hará mención a su aporte. Así lo estoy incorporando (aún no lo subo pues el diccionario es pesado y requiere tiempo y paciencia:

      Güila: m. o f. (Reg. DRAE) 1. Despectivo, o término muy informal, para referirse a un niño o niña. Dependiendo del tono y la persona, puede tener una connotación neutra o hasta cariñosa. // 2. m. o f. Persona joven, sin mucha experiencia: “El nuevo contador es muy güila”. // 3. f. Novia o lance: “Le voy a llevar un regalillo a la güila”. // 4. m. Reg. DRAE) Nombre de un escarabajo grande, negro por encima y amarillo hacia atrás. // 5. (Sex). Origen: según un magnífico aporte de uno de los lectores de esta sección (Sr. Alberto Meléndez Dobles) el término es un anglicismo, que parece provenir del término “wee-lad”. Según narra, “hace un par de años estando en Manchester, Inglaterra; escuchaba como unos amigos de por ahí hablaban de sus wee-lads, para referirse a sus hijos pequeños y caí en cuenta que su expresión significaba exactamente lo mismo que la nuestra: una manera un tanto despectiva para referirse a los niños. Hay que tomar en cuenta que en el siglo XIX en Costa Rica, hubo una relación estrecha con el Reino Unido por el comercio y por el oro y por la guerra, así que no sería de extrañar que la palabra güila sea un anglicismo castellanizado.”

      Muchas gracias por su comentario sobre el gallo pinto y la historia de su tío, en el accidente del Virilla.

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